“Lo primero que hay que hacer para salir del pozo es dejar de cavar”. Proverbio chino.

NO PODEMOS RESOLVER PROBLEMAS PENSANDO COMO CUANDO LOS CREAMOS. Albert Einstein

“Si a alguien le indigna más ver un contenedor ardiendo que una persona comiendo de él, tiene que revisar sus valores”

Sobre los poderes de siempre y los emergentes: "“No nos parece mal que nos muerda un lobo, pero a todo el mundo le saca de quicio que le muerda una oveja". Ulises de Joyce, Cap. 16




viernes, 1 de abril de 2016

Taller Bremen. Tema: un entierro


A hostias con el ciclista
  
La luz del sol entra violentamente en la habitación y me ciega. Me aturde. Es casi como si hubiera despertado en un incendio. Abro los ojos y en un primer momento lo veo todo borroso. Mi madre había abierto de golpe las contraventanas del balcón. Es mucho más tarde de lo habitual. Me han debido de dejar dormir más y, seguramente, esa noche dormí mal, porque no me había despertado pronto, como de costumbre. Cuando enfoco la vista, al lado de la cama está mi amigo Fernando con el traje de los domingos, de tela gris con puntitos oscuros. Fieramente restregado y repeinado; con seguridad por su madre, lo que no es habitual. Algo sucede. Son once hermanos y lo mejor de esa madre es que nunca actúa. Algo está pasando y creo saber lo que es. Mi madre le llama Fernandito. “Papá está peor, van a venir médicos y pensé que era mejor que te fueras dos días. La madre de Fernandito me ha dicho que te puedes quedar con él en su casa. Hoy es domingo y mañana no vais al colegio”. Por eso Fernando lleva el traje, porque tocaba ir a misa. Lo del peinado violento, con fijador, y la piel brillante de haber sido restregada es un extra, un signo que a cualquier niño de entonces le habría parecido un indicio de algo malo.
Me visto con la ropa de ir a la playa o a jugar por ahí. Nada de traje. Hago pis, me lavo la cara y nos despedimos. Sé lo que pasa y que el tiempo de espera es corto: ese día y el siguiente. No hay planes para el martes. Tomo una decisión fuerte y clara: si lloro, lo haré cuando nadie me vea hacerlo.
—Dale un beso a Papá.

Se lo doy, procurando no ver su mirada vacía, hacia el techo. Dos semanas antes, al irme a la misa obligatoria en el colegio, entré como siempre en el cuarto de mis padres, a darle un beso a ella. De él me despedía con la mano; los hombres no nos besábamos y yo, desde que cumplí los 10, lo era ya. Ella lee un libro y él el periódico, que le suben todos los domingos. Esa vez, me dice que le dé también uno. Cuando me inclino, mueve la cara y me lo da en los labios. Salgo de casa furioso y se lo cuento a los más amigos, asqueado. “¡Me ha besado en los labios!”. Al volver de misa me entero de que ha tenido un derrame cerebral. Mi padre ya “no está” y no parece que vaya a estar nunca. Por primera vez en la vida sé lo que es sentirme culpable. Como si una nube de tormenta, casi negra, se me hubiera metido en el cuerpo, cubriendo con una pesadez desconocida todo lo que pienso y siento. Había hecho un montón de cosas por las que habría merecido conocer la culpa, algunas de ellas graves, pero hasta ese momento nunca la había sentido; el arrepentimiento y todas esas cosas de las que nos hablan en la iglesia, tan lejanas a mi vida. Esta vez sí. Había pasado algo que él presintió, se despidió a su manera y yo me dediqué a contar a mis amigos el asco que había sentido. Ahora tengo la sensación de que él ya no está en ese cuerpo que respira, que no volverá a estar nunca, y de que no podré deshacer lo que hice. No podré mirarle y que me mire como si aquel beso no hubiera existido. Mi reacción de asco, en cambio, existió.

La madre de Fernando nos recibe, nos prepara el desayuno y nos dice que podemos hacer lo que queramos, que no hay colegio ni obligaciones; ni siquiera la de ir a una iglesia a recuperar la misa que hemos perdido. Decidimos ir a la playa con una pelota. No tenía el bañador, pero en esa casa no faltan. Él se cambia de ropa. Hasta ese momento, Fernando había mantenido una actitud de respeto reverencial, dispuesto a hacer lo que yo dijese. Al poco de estar en la playa jugando con la pelota en la orilla, esa actitud desaparece. Vuelve a estar dispuesto a pelearse por cualquier cosa, a ser divertido, y le agradezco sin decírselo que vuelva a ser mi amigo. Los dos tenemos 11 años, yo los había cumplido el día anterior al beso en los labios, y la amistad, tal como la entendíamos, era casi lo único importante que teníamos. Además del cine de los domingos.
Por la noche, antes de acostarnos, viene la madre de Fernando y me dice que mi padre ha muerto. Le digo que ya lo sabía, con la sequedad  que da la inexperiencia en el fingimiento, y ahí termina la conversación. Supongo que se sentiría aliviada, porque ni me pregunta que cómo lo iba a haber sabido. Nos acostamos y, cuando estoy absolutamente seguro de que Fernando está dormido, lloro durante mucho rato, sin pensar en nada. Lloro porque sí, hasta que me quedo dormido.

A la mañana siguiente, lunes, decidimos ir al Puerto. El domingo no merecía la pena ir, porque es el día en el que abría las puertas a todo el que quisiera entrar y pasear por la escollera. Pero en los días laborales sólo entran los trabajadores, los guardias y los marineros cuyo barco está atracado. Y nosotros, los hijos de los funcionarios de la Junta de Obras del Puerto. Un grupo que tenemos entrada libre salvo cuando hemos hecho una trastada y aparecemos en una lista con nuestros nombres sellada y firmada por el Jefe de Aduanas, en la que se indica que no podremos entrar en dos, tres, cuatro semanas, dependiendo de lo que hubiéramos hecho, con la fecha del día en que se levantará la sanción. Cuando la lista existe nos la enseña el carabinero de la puerta, que nos mira con cara de yo no os habría prohibido la entrada, sois niños. Para eso sí nos gusta serlo, para cualquier otra cosa nos habríamos enfadado, porque ya somos hombres. Muy jóvenes, en todo caso.
Vamos en bicicleta, claro. Fernando con la suya y yo con la de uno de sus hermanos. Al principio de la escollera las subimos a mano por la escalera de piedra y emprendemos una carrera hasta el faro por el estrecho paseo. Correr por correr y quitar los nervios. Sin competir. Sería imposible adelantarnos. Tiene un ancho de menos de dos metros, protegido a la izquierda por un muro bajo junto al que están los bloques de piedra y luego el mar, pero sin protección a la derecha, donde una pedalada equivocada te llevaría al suelo del puerto, unos cuatro o cinco metros más abajo. Intentar adelantarnos sería suicida. Ya lo habíamos hecho más veces, en grupo, lo de correr a toda velocidad sabiendo que el que salía el primero llegaba el primero, y el que salía el sexto llegaba el sexto. Correr en bici por allí puede ser motivo de que un vigilante o carabinero con un mal día se chive y aparezcamos en la lista; ya nos ha pasado, y el precio son cuatro semanas, pero la emoción de correr junto al vacío supera muchas veces el miedo al posible castigo. Además, casi nunca se chivan.
En el faro, sobre una plataforma amplia, nos bajamos de la bici y nos sentamos a secarnos el sudor y recuperar la respiración. Con el espíritu tranquilo por el esfuerzo. Las campanas de la iglesia principal se ponen a sonar como locas. Es por mi padre, le digo a Fernando, lo van a enterrar. Mi padre era concejal y se merecía eso y más, pienso, seguro de no equivocarme. Quiero ir a verlo pasar, le digo.

Sin habernos recuperado todavía, bajamos las bicis por la escalerita y salimos a toda velocidad del puerto. Fernando ni me discutió la idea: él habría hecho lo mismo y le parece justo. Esta vez vamos por la carretera, salimos del Puerto y giramos a la izquierda, metiéndonos luego por la Rambla, que es el camino lógico para llevarlo desde mi casa hasta la iglesia. Al final de esa calle ancha ya hay gente amontonándose en las dos aceras. Se escucha la música de la banda municipal. En cualquier momento girarán a su derecha y aparecerán. Apoyándonos en las bicis, nos encaramamos a una de las ventanas del Banco de España, un lugar desde el que se puede ver todo estupendamente, sujetándonos de los barrotes. Los de la banda municipal, con un lazo negro en la manga derecha, entran en la Rambla. Enseguida lo hace el coche fúnebre, tirado por cuatro caballos con adornos negros. Ya no me parece que una ventana sea el sitio apropiado para ese momento y le digo a Fernando que voy a ir a la acera. Me bajo y con la bicicleta, pues no podía dejarlo a él al cuidado de dos, intento abrirme paso hasta la primera fila. Voy totalmente despeinado y con la camisa empapada de sudor. Los espectadores protestan de que quiera pasar a primera fila con la bicicleta. Entonces explico la razón y la lógica de mi deseo.
—Soy el hijo del muerto.
La frase les enfada. Empiezan a empujarme hacia atrás y a pegarme. Sólo me importa proteger la bicicleta, que no es mía. Fernando baja corriendo y me ayuda a salir de allí, tirando de mí y de la bici hacia atrás.
No ha sido para tanto. La bici está bien y yo solo tengo la cara roja de las bofetadas, la camisa rota por el cuello y manchada de sangre, por un golpe en la nariz. Volvemos a subir a la ventana y desde allí veo pasar el coche negro en el que hay un ataúd, dentro del cuál está mi padre. Lo imagino como la última vez que le di un beso, pero con los ojos cerrados, ya sin mirada.
Tras el coche va el cortejo, encabezado por mis dos hermanos mayores. De pronto, me da vergüenza estar allí. Vámonos, le digo a Fernando. Reacciona al instante y enseguida hemos salido de la Rambla por una calle lateral. Corremos por toda la ciudad, cuidando de no volver a cruzarnos con el cortejo. En un parque nos paramos y nos quedamos mucho tiempo a descansar, sentados en la hierba. Con el dinero del domingo, que él sí tenía, compramos una botella mediana de gaseosa, dos cigarros de matalauva y unas cerillas. Nos terminamos la gaseosa de un trago cada uno, encendemos y fumamos uno de los cigarros, nos tumbamos mucho rato mirando hacia arriba y nos fumamos el segundo. Volvemos a casa de Fernando, dejamos las bicis en el portal, con la cadena puesta, subimos y entramos en la casa, procurando que nadie nos vea. Me lavo las manchas de sangre y él me da una camiseta. Echa la camisa manchada y rota a la cesta de la ropa sucia. La lavarán y la coserán, me dice, nadie se preocupará de saber de cuál de mis hermanos es.
Le digo que voy a pasear y luego volveré a casa, que no quiero quedarme a comer. Me quiere dar parte del dinero que le queda, total ya no le da para la entrada del cine, pero no lo acepto. Cruzo la ciudad y entro en el puerto pesquero, el que siempre está abierto porque no atracan barcos, donde sé que habrá muchos pescadores de caña. Voy hasta el muelle final, el que da al mar abierto. Les veo pescar con la paciencia con la que lo hago yo allí algunas tardes de verano. Miro el mar. Procuro recordar la cara de los que me han pegado. Memorizarla. La vida es larga y puede que tenga ocasión para la venganza. Soy un superviviente, me digo. Lo era desde antes de nacer, cuando mi madre estaba enferma y era dudoso que llegara al parto, como me habían contado varias veces. Pregunto la hora y son casi las cuatro. Seguro que nadie me estaría esperando. Pensarían que estaba con Fernando. No he comido, pero tampoco tengo hambre.
Al llegar a casa les doy un beso a todos. Me preguntan si he comido en casa de mi amigo y les respondo que sí. Hablan de cosas que no me interesan y no les presto atención. Pienso en el coche negro. Pienso que la vida va a ser distinta desde ahora, pero ni siquiera me pregunto cuáles serán los cambios. Sé que serán malos. Me siento en una butaca del mirador. Me centro en la plaza de abajo. Nadie pasa a esas horas y así me es más fácil dejar de pensar. Fijándome en la luz del sol sobre las baldosas, me quedo dormido.




miércoles, 30 de marzo de 2016

Apoya el despliegue de eldiario.es sobre refugiados




El acuerdo de la vergüenza de la Unión Europea para cerrar la frontera y expulsar masivamente a los refugiados merece de un esfuerzo para contar la verdad de lo que realmente están sufriendo personas inocentes en nuestra frontera. 
Es gracias a ti que llevemos 3 años cubriendo la inmigración europea y advirtiendo de que estábamos ante la mayor crisis migratoria desde la Segunda Guerra Mundial. Ahora que terminaron las lágrimas de cocodrilo y la maquinaria de expulsiones se pone en marcha, no queremos retirar nuestro foco del asunto sino todo lo contrario. Por eso pedimos tu colaboración.

Reenvía este e-mail a tus amigos y familiares y cuéntales por qué es necesario que se hagan socios de eldiario.es. Juntos podremos mantener lacobertura internacional con 6 periodistas:
  • En Turquía para controlar qué pasa exactamente con las personas que expulsaremos allí.
  • En Grecia para controlar de qué manera, en suelo europeo, funciona el acuerdo de expulsión de manera práctica.
  • En Bruselas para exigir transparencia y contar el detalle de las negociaciones políticas sobre refugiados. 
  • En Alemania para tomar la temperatura en uno de los países más influyentes sobre las decisiones que se puedan tomar. 
  • En Melilla, donde de manera más invisible se han concentrado cientos de refugiados y donde el gobierno de España hace lo contrario de lo que predica en Bruselas. Puede ser una de las nuevas rutas que busquen los refugiados.
  • En Marruecos, gran aliado europeo en la gestión de fronteras, donde España ha ensayado durante años el modelo que ahora desarrolla con Turquía. 
También puedes decirles que visiten esta página l.eldiario.es/cobertura-refugiados/, donde explicamos en qué consiste este despliegue y por qué les necesitamos. O compartir en tu muro de Facebook este vídeo.

Tú eres nuestro mejor embajador y quien mejor puede hablar de nosotros.Ayúdanos a encontrar más socios y socias que, como tú, no se olvidan de los refugiados ni de los temas importantes que no hay que dejar de prestar atención.

No buscamos solo lectores, sino cómplices.
    Tú no te olvidas de los refugiados. Nosotros tampoco
    En eldiario.es creemos que estamos ante el reto más complejo de esta época en Europa y gracias a ti podemos contarlo con una perspectiva de respeto a los derechos humanos.

    Gracias de antemano.
    Un saludo de parte de la redacción de eldiario.es

    PD: El formulario para hacerse socio está aquí ;)

    martes, 1 de marzo de 2016

    No subí la actualización de frebrero, así que lo hago ahora junto con la de marzo. Es un tema de información, así que no es necesario habilitar comentarios.

    ACTUALIZACIÓN DE FEBRERO








    ACTUALIZACIÓN DE MARZO











    domingo, 17 de enero de 2016

    Brendan Beham: Aspectos de una biografía caníbal (por Fernando Clemot)




    Cuanto más viejo me hago más entiendo lo que me decía mi abuela.
    —¿Sabes la diferencia entre formar parte de la República de Irlanda y ser parte del Imperio Británico?— preguntaba ella.
    —No —respondí yo—. ¿Cuál es?
    —Que te van a mandar la orden de desalojo escrita en irlandés, junto a un arpa, en lugar de una en inglés junto al león y el unicornio.
    Brendan Behan: Memorias de un rebelde irlandés.

    No sabía quién era este autor hasta que leí en Quimera, en el nº 385 (diciembre de 2015), un artículo de Fernando Clemot sobre él.

    La noche que nació, su padre estaba en la cárcel. Cuando Beham era todavía muy joven fue condenado a tres años de cárcel. Al poco de salir, se metió en otro lío y fue condenado a catorce años, que cumplió en gran parte, cambiándole lo que faltaba por una orden de deportación a Francia.

    En los años de cárcel leyó todo lo que tenía a su alcance y se hizo escritor. En los de deportación, enfermó de diabetes y alcoholismo, lo que le llevó a una muerte temprana (Dublín, 1923-1964). Famosísimo en Irlanda por sus escritos y, entre las clases bajas, por las anécdotas de bar que se contaban sobre él.

    El extracto que he puesto revela la valoración que hizo de haber perdido la juventud y la vida por la Causa. Su abuela supo valorar bien, para él, las causas nacionalistas. Otra cosa distinta sería un país en el que te desalojan de tu casa y otro en el que no es posible dejarte con los muebles en la calle. (Esto último es mi opinión o creencia).


    jueves, 17 de diciembre de 2015

    Taller Bremen: narración en primera persona



    Ante los que os habéis reído de mí, deshago la mentira

    Vecinos, familiares, conocidos: un pudor que ahora reconozco estúpido me impidió enfrentarme al infundio que de mí se dijo, desenmascarando al culpable cuando debí hacerlo y achacándoselo a él. Entonces yo era una presa fácil ante el ser abyecto que lo lanzó. La vida, que aborrecía y aborrezco, me hacía preferir la huida constante; además, moralmente escrupuloso como era en ese tiempo, no quería cargar a ese ser la ignominia que se merecía y que él había lanzado sobre mí.
    Creo que peco de grandilocuente y vacío de contenido al culpar a “la vida”, por no mencionar que esa acusación era la que, con fundamento y realismo, hacía yo a la mayoría de las personas que forman la sociedad: la de expresarse con grandilocuencia y sin el menor sentido. La vida la forman también todos los elementos de la naturaleza y no podemos culpar a una serpiente que nos muerda si vamos descalzos por la selva, ni a una tormenta con rayos que caiga sobre un bosque al que hemos ido a pasear. En cambio, sí podemos acusar a la mayoría de las personas por el modo superficial, cursi e inoperante con el que usan el lenguaje.
    Y eso, criticar el vacío de los pensamientos que expresaban los que me rodeaban, o decían desde los medios de comunicación, es lo que empecé a hacer, más con desdén que con justificada indignación —nunca he dicho que yo haya sido o sea una buena persona que pretende conducirse con moralidad—, con prácticamente todo lo  que decían los demás. Incluso a mi compañera, poseedora de un alto nivel de bondad, que es una de las cualidades más elevadas de la inteligencia, la atacaba despiadadamente. No podía evitarlo, a pesar del dolor que criticarla me causaba. Lo único que podía hacer era obligarme a un silencio casi continuo: si lo que vas a decirle es desagradable, es mejor que calles, me repetía a mí mismo.
    Y fui callando, hasta que convivir conmigo se convirtió en una hazaña insoportable. Había cortado la relación mediante palabras con todos y, al final, lo hice también con ella. La única relación que nos unía era ya solamente física, pues seguí recorriendo con los labios y la lengua, interminablemente, sus muslos kilométricos. Por esa costumbre, que tan placentera era para los dos, me llamaba a veces “mi caracol”. Era un apodo íntimo, aunque a veces, en momentos afectuosos, se le debió escapar fuera de la casa. He pensado si eso fue escuchado por oídos inconvenientes, que alteraron el apelativo y fortalecieron la ignominia que había caído sobre mí. Es probable, aunque imposible estar seguro.
    El caso es que mi presencia la hacía sufrir y alquilé una buhardilla en la que aislarme. No te cabrán apenas libros, me dijo, preocupándose todavía por mí, a lo que le contesté que ya no los leía, que podía quedárselos todos. Y es que fui dejando de leerlos, de ir al cine o al teatro, de ver exposiciones. Al irme a la buhardilla, el abandono fue absoluto. Desde entonces solo leo revistas de literatura, cine, teatro y arte, con críticas y reseñas. A partir de ahí, acostado, rehago y me cuento los libros, creo las películas y representaciones teatrales, veo las obras de arte: todo a mi placer. Cuando he leído todas las revistas que me interesan en las bibliotecas públicas, compro las restantes. Me gusta esta vida en la que he mediatizado los originales.

    Pero aunque me guste, sé que es poco atractiva, que resulto repugnante; lo que sucede es que no me importa. Lo que no estoy dispuesto a aceptar por más tiempo es el bulo que mi padre lanzó públicamente sobre mí, contando por todas partes que había visto, aterrado, mi transformación. Lo afirmo y aseguro: no soy yo quien se ha convertido en un escarabajo. Tuve que ver con mis ojos, con un desagrado que me provocaba arcadas, cómo él, el padre que me ha acusado de lo que a él le sucedía, desplegaba en su casa la nueva forma de escarabajo en la que se ha convertido, arrastrando bolas de suciedad con sus patas, aterradoras por el tamaño. Qué astuto, cruel, maligno ha sido al desviar la atención de su metamorfosis acusando de ésta al más débil de sus hijos. Sabed, los que me leéis, que esa fue la mentira lanzada por el más desagradable y asqueroso de los padres.



    viernes, 11 de diciembre de 2015

    Actualización de Globalízate en diciembre de 2015




    George Monbiot


    ¿Qué es lo que han aprendido los gobiernos de la crisis financiera? Podría escribir una columna explicándolo. O podría hacer lo mismo con una sola palabra. Nada.


    Gonzalo Andrade



    Un estudio reciente confirma que la masa de hielo del casquete polar antártico ha aumentado durante las últimas décadas, sin embargo, dicho aumento no ha sido generalizado, y no hay garantías de que vaya a seguir produciéndose.


    Pepe Cáceres

    Ahora que se están produciendo las negociaciones vinculadas a la cumbre del clima (COP-21), conviene recordar el efecto de la actividad humana sobre el clima del planeta.


    Globalízate

    Decenas de miles de personas en todo el mundo se han manifestado hoy para exigir a los gobiernos medidas efectivas en la próxima cumbre del clima para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero que provocan el calentamiento del planeta.


    Ivanka Puigdueta Bartolomé y Alberto Sanz-Cobeña



    La solución del problema climático es necesaria para generar estabilidad en diferentes lugares del planeta y, a escala global, supondría una vía para acabar con la pobreza y las desigualdades.


    Met Office



    Esto representa un hito importante de la influencia humana en el calentamiento.














    miércoles, 2 de diciembre de 2015

    Taller Bremen: sobre lo fácil


    A veces relaja que el destino sea azaroso

    El corto tramo de incorporación a la autovía desde la gasolinera se terminaba y un coche venía lento por el carril derecho, sin señales de desviarse al izquierdo para dejar que me incorporara con seguridad. Dudé de la velocidad del coche lento y frené, perdiendo la oportunidad de incorporarme. Pasó, a mucha menos velocidad de la que le había supuesto; tan reducida que, de no haber dudado, habría podido salir. Pero ya era demasiado tarde. Estaba frenada al final del tramo de incorporación; tendría que acelerar desde 0 km por hora. El coche lento que pasó sin abandonar su carril iba conducido por un viejo que miraba fijamente al frente. Noté que aferraba el volante con las dos manos. El viejo era incapaz de salirse de su camino, de interactuar con los otros, de hacer un favor. Hijo de puta, pensé, cabrón. Seguí pensando insultos e imaginando las maldades que le haría si pudiera.  Me he quedado con tu cara. Si en una calle solitaria viera que te iban a atracar, seguiría mi camino sin avisarte, cabrón. No les ayudaría a darte de hostias porque soy buena persona. Tuve tiempo para pensar eso y más, porque durante un minuto largo las dos vías se ocuparon con coches y camiones. No podría salir hasta que dejaran de pasar. Que no me pitaran los dos coches que se habían puesto detrás de mí era la prueba de que no podía hacer otra cosa que quedarme detenida allí. Por culpa del viejo, que iba a una velocidad tan lenta que debería estar prohibida; tan lenta que no pudo imaginarla e introducirla en sus cálculos: soy un estorbo para la vida que fluye, si me paso al carril de la izquierda ese coche no necesitará quedarse ahí, esperando que yo pase. Viejo cabrón, ¿por qué no te mueres o te quedas en tu casa?
    —¿Te has dado cuenta de que te estás convirtiendo en un camionero mal hablado, hipertrofiado por la mala leche y el miedo, cuando eres una tía que acaba de cumplir 35 años?
    —Y tú, ¿te has dado cuenta de que la historia no había terminado? Dos kilómetros más allá me detuve, porque se había producido un accidente múltiple. Tenía ocho o diez vehículos por delante. Frente a ellos, un infierno de humo y coches retorcidos. El primero de ellos, el del viejo, parado a cien metros del accidente. El único que ni siquiera intentó ayudar.
    —Ah, lo que me quieres contar es que gracias al viejo no te viste envuelta en el accidente. Que de no ser por él hasta podrías haberte visto metida en él.
    —Que te calles hasta que termine. Primero, el tipo se llama El Puto Viejo. Pero, ¿por qué eres tan pesimista? ¿No se te ocurre pensar que si él no me hubiera detenido habría estado ya por delante del accidente, sin tener que presenciarlo todo, y habría llegado a mi hora a la cita. Con una propuesta de trabajo decente, no con la muerte. Una cita a la que llegué tan tarde y tan alterada que fue como si no hubiera ido.
    —Por culpa del viejo, ¿no?
    —Del Puto Viejo de los Cojones, para ser exactos.
    —Pues, tal como yo lo veo, es posible que le debas la vida al Anciano Adorable Enviado por un Ángel para que me puedas estar contando esto.
    —Cómo se nota que tienes un trabajo a la medida de tu preparación, que es estable y que te pagan bien. Yo, en los meses mejores, me saco 700 euros como teleoperadora de La Gran Mierda a Su Servicio. Para ti todo es tan fácil.
    —Y para ti no es terrible como presumes. Compartimos todo. En conjunto nos arreglamos bien, tú y yo.
    —A lo mejor tú y yo nos apañamos, pero en el paquete real general no cuentan ni mi doctorado de cuatro años ni el carísimo Máster de dos. El paquete entero apesta.
    —Y la culpa es del viejo, ¿no?
    —Del Puto Viejo Cabrón, sí. Es lo que estoy intentando contarte. Que la aparición de su coche a siete kilómetros por hora pudo ser la causa de que mi azar, un azar que por una vez a lo mejor pudo ser favorable, se fuera al carajo.
    —Que sigas viva, sin un rasguño en el cuerpo ni en la carrocería, no te lleva a pensar en el destino.
    —El destino es cosa de los cuarentones acomodados como tú. Los pobres estamos en manos del azar... y ya sabes lo que les pasa a los adictos a los juegos de azar. Por cierto, lo que es el azar cuando nos viene con una sonrisa: volviendo a casa, el azar mismo, en la forma de El Hombre, me puso dos MDMA en el camino. Con eso y lo que gastemos en salir, dependeremos del crédito de tu tarjeta hasta el lunes, que cobramos.
    —Eres una cabrona.
    —Una Dulce Cabrona, que los creyentes en el destino no sabéis adjetivar, si no es en el lado oscuro de la ampulosidad.
    —Y no tenía ganas de salir.
    —Ya no la tienes ningún viernes, estás viejo. Por suerte, el destino me puso en tu camino.