“Lo primero que hay que hacer para salir del pozo es dejar de cavar”. Proverbio chino.

NO PODEMOS RESOLVER PROBLEMAS PENSANDO COMO CUANDO LOS CREAMOS. Albert Einstein

“Si a alguien le indigna más ver un contenedor ardiendo que una persona comiendo de él, tiene que revisar sus valores”

Sobre los poderes de siempre y los emergentes: "“No nos parece mal que nos muerda un lobo, pero a todo el mundo le saca de quicio que le muerda una oveja". Ulises de Joyce, Cap. 16




jueves, 16 de junio de 2016

Taller Bremen: tema libre


TRES HISTORIAS SACADAS DE UN CAJÓN
QUE DURANTE AÑOS NO PUDE ABRIR DE
LO ATESTADO QUE ESTABA


1) Nunca abordes los cuentos de uno en uno. Honestamente, uno puede estar escribiendo el mismo cuento hasta el día de su muerte.

            2) Lo mejor es escribir los cuentos de tres en tres.

                                                                Roberto Bolaño




PRÓLOGO DE LECTURA OLVIDADA

Las personas más tontas del mundo, para mí, son las que se despiertan por la noche, aprietan un botón y creen que se enciende una luz. Sin más. Las que nunca se han detenido a pensar que detrás del botón hay unos cables que pasan por un contador de la electricidad y cada dos meses hay que pagar lo que éste marca; que luego hay unos cables cada vez más gordos que llevan hasta una central eléctrica; que los cables y la central están instalados y manejados por trabajadores y son propiedad de unos dueños que ganan el dinero que pagas; que hay Gobiernos que dictan leyes para arreglar las condiciones entre los dueños y los trabajadores, y entre los usuarios y los dueños; que esos Gobiernos también discuten con otros países, entablan relaciones entre ellos, y hasta desencadenan guerras; algunas veces, por el control de la energía. Es decir, detrás de un botón de la luz está la Historia, la que estudiamos en el colegio, la que todos sabemos o deberíamos saber. Menos las personas tontas que creen que pulsas un botón y se enciende la luz. Sin más. La Historia también está detrás de unos zapatos, unos huevos fritos o una ensalada de hormigas rojas. Detrás de todo.

Pero también hay otras historias que no son de lo que son, sino de lo que pudo haber sido, de lo que quizás fue, de lo que debió o debería ser, de lo que será... Son ésas las historias que mi padre, enarcando una ceja, llamaba “raras”. Son las que más me han gustado siempre. Esta es una de ellas. Quien la escribió se la dejó olvidada en mi casa hace años, escrita de su puño y letra. Era un primo segundo, o tercero, de mi padre que era cazador en África, de los que luego se traen los animales vivos para venderlos a los zoológicos de Europa. Pocos días después, al pasar por Barcelona, murió por las mordeduras de dos serpientes pequeñas pero muy venenosas que llevaba consigo en una cesta de mimbre. Mirándome a los ojos, agachado porque yo era muy pequeño, me dijo que eran sus amigas y que antes de dormir siempre las sacaba de la caja para jugar con ellas y que después tenía que cerrar bien la cesta para que no escaparan y mordieran a alguien. No debió cerrarla bien, salieron y se metieron en la cama con su amigo, que debió darse la vuelta mientras dormía, las aplastó y le mordieron.
El escrito lo encontré yo y lo guardé, sin decirle nada a nadie. Con el tiempo aprendí a leer bien, saqué el escrito de donde lo tenía oculto, fui descifrando su escritura endiablada y cuanto más leía más me interesaba y más quería leer. Porque era una historia rara. Pero rara de verdad. Decía al principio que se la había narrado un contador de historias de un pequeño pueblo montañoso del centro de África. Y trataba de algo parecido a nuestra Edad Media, pero era una Edad Media que venía después de un período mucho más adelantado, como si por un desastre la civilización hubiera retrocedido. ¿Una historia así? ¿En África? ¿Contada de padres a hijos durante miles de años?

Busqué durante años en las bibliotecas posibles explicaciones. Acabé encontrando tantas, y tan inciertas, que dejé de preocuparme. Sí os puedo contar las tres que prefiero, aunque no me crea mucho ninguna de ellas. La primera es una a la que las personas que piensan mucho dan el nombre de “eterno retorno”. Una explicación tan rara como el propio nombre. Dice que la historia se repite una y otra vez, o sea, que hay una civilización en la Tierra, que se desarrolla hasta que desaparece y vuelve a empezar. Bueno, es algo más complicado, pero más o menos es así. Incluso hay algunos que dicen que sí, que todo se repite, pero no del mismo modo. Cuando piensas y piensas estas cosas te acaba doliendo la cabeza y lo dejas, y eso es lo que hice yo con esta explicación.

La segunda me la dio un monje oriental en Madrid. Me habló de un antiguo y extraño grupo, tan antiguo que ya se sabía de él en la época de los faraones, dedicado a esparcir historias extrañas y disparatadas por todos los rincones del mundo, porque así los hombres ignorantes acababan explicándoselas con dioses y se hacían más sabios y más buenos. O al menos se volvían temerosos ante lo extraño y los miembros de ese grupo los podían manejar más fácilmente para lo que ellos querían. Las historias que fueron contando por todo el mundo eran tantas, y tan distintas, que algunas de ellas, al ser descubiertas por los hombres civilizados, por pura casualidad han tenido algún parecido con la realidad. ¿O eran reales porque esos hombres, muy sabios, conocían lo que había pasado o iba a pasar? Ese monje desapareció un día, sin dejar ninguna dirección de contacto, así que me quedé como estaba al principio: sin saber nada de nada.

La tercera explicación, que ahora que escribo estas notas me parece la más probable, es que mi tío segundo (o tercero), agazapado en la oscura noche africano aguardando que su presa cayera en la trampa que le había preparado, tenía miedo y se inventaba historias para olvidarlo. Después, en los días calurosos, aburrido, las escribía perezosamente para hacer más corto el tiempo hasta que llegara la noche de la caza. Y digo esto porque conozco muy bien a algunos miembros de mi familia que tienen esa fea costumbre de inventarse historias cuando están asustados, para luego ir embrollándose unos a otros, contándose historias como si las hubieran vivido, que así le va a mi familia como le va... pero esa es otra historia.



No podía saber que la vida estaba esperando

Llevaba tiempo queriendo conseguir una camiseta de las que usan los pescadores y marineros ibicencos. De color morado, cerrada con tres botones en la parte superior. Al lavarla se iba destiñendo por zonas y parecía que se formaran nubes de un morado desvaído. En aquellos tiempos el comercio era tan local que no había manera de comprar lo que no se vendía donde vivías. A veces hablaba con los hippis que dormían en la playa, esperando el barco que dos veces por semana hacía el trayecto Alicante-Ibiza, y si alguno le caía especialmente bien lo invitaba a ir a su casa a ducharse, cenar y dormir en una cama. A uno de ellos le había dado el dinero que costaba una camiseta, por si acaso el regreso lo hacía en ese mismo trayecto y podía traerle una. No esperaba que lo hiciera, pero ocho meses después se presentó en su casa y le trajo dos.
Estaba feliz con las camisetas. Salía siempre con una de ellas, descalzo, y con unos vaqueros, sin calzoncillo debajo, que brillaban por los baños de sal. Solía caminar los dos kilómetros de carretera hasta la Albufereta, porque ahí tenía muchos amigos y amigas. En la playa, se quitaba la camiseta y se bañaba con los vaqueros. El sol era tan fuerte que a los 15 minutos de tumbarse en la arena, con el calor de esta y el del sol por el otro lado, estaban secos. O si tenía ganas de estar solo, se iba hacia el cabo y se bañaba lanzándose desde una roca y tumbándose luego sobre otra.
Al atardecer, volvía a la ciudad, cenaba algo y volvía a salir, entonces calzado con unas zapatillas de esparto, y volvía a encontrar amigas y amigos con los que extender el tiempo de la noche y beber, si era posible, ginebra.
Así de tonto, así de feliz, pasaba el verano anterior al último curso universitario, el que obligaba a cambiar de vida. Feliz y tonto con su camisetilla morada, sin saber que lo que la vida estaba esperando era a darle tres hostias bien dadas.




nunca habíamos hablado de amor

No debíamos tener dinero para salir a beber ginebra aquella tarde. El caso es que no salimos. En realidad, yo tenía muy pocas cosas. La casa en la que estaba viviendo aquel verano, por ejemplo, era prestada. Una casita pequeña en el último piso; de las que se construían antes para el servicio o para el portero, pero con un pequeño mirador que daba a la Rambla y una luz que entraba por todas partes, incluso en mi dormitorio, el único de la casa, que daba a un estrecho patio. Por tanto, la luz sí que me quedaba todavía. La casa de verdad, no. Hacía tiempo que se habían ido yendo todos, mi madre y yo los últimos. Y cuando aquel verano regresé a la ciudad, una casa como la de siempre se me hacía demasiado grande, demasiado difícil de manejar.
Pero ¿cómo sacar aquella casa antigua del recuerdo y, en la nueva, poner un café en esa mesa rehecha en la memoria, con un olor de noche distante? Ni la casa me quedaba, pero aunque por aquel entonces no había aprendido aún a disfrutar de la intemperie, me iba gustando ya que lo que me quedara fuera poco. Desde entonces me fue molestando más lo que tenía, todo lo que hay que cuidar y te impide lanzarte a la calle exactamente en el momento en que lo piensas, con esa sensación fresca en las piernas.
También el tiempo me iba faltando, un cuatrimestre para terminar los estudios. Nos iba faltando el tiempo como lo habíamos vivido aquel último año, casi juntos. Era ya el cuarto tiempo el que se agotaba, después de la infancia sin colegio, la niñez con colegio, la adolescencia en la que vas haciendo tuya la ciudad y te apoderas de todo y, finalmente, el que se estaba terminado, ése en el que te vas haciendo dueño de ti mismo y cuando casi lo has conseguido te da vértigo pensar en lo que vendrá. Sobre todo, se había terminado el dinero que había ahorrado trabajando en mil cosas durante el último curso universitario. Y en uno de esos momentos en los que nos atacaba el vértigo le vi ir al armario donde estaba la ginebra, que yo sabía que no quedaba. Tampoco dinero de bolsillo para  bajar a comprar o, menos todavía, tomarla en los bares. Algo nos tuvimos que inventar, porque seguimos juntos y sonrientes, pero por poco tiempo. Nunca habíamos hablado de amor, solo de querernos mucho.


sábado, 7 de mayo de 2016

Taller Bremen. Tema: el concepto "Hay que mejorar"


Mi yo rubio

—¡Pero si te has comido todas las verduras y la tortilla de queso!
—Era parte del juego. Comer con furia aunque no estuviera bueno. Sobre todo si no lo estaba. ¿A que sí, Ramón?
—Uy, uy, uy. No te debería haber dejado solo con Migue.
—Entonces no habrías tenido tiempo a ponerte tan guapa —contestó Ramón, desarmándola antes de que preguntara a qué habían jugado y las cosas empeoraran.
—¿Y a qué habéis jugado?
—Yo era Orlando el Furioso.
—¿Desde cuándo te llamas Orlando?
—Ya me dijo que preguntarías eso y que tendría que cambiar el nombre del juego por el de El Príncipe Furioso.
—No sé si me debo atrever a preguntar en qué consiste de verdad.
Ramón lanza una mirada suplicante a Migue para que mantenga el secreto, tal como había prometido, pero está entusiasmado y se lanza a responder.
—Es así: dice Ramón que en la vida hay muchas cosas que hay que hacer sin que te gusten y que los débiles las hacen sin ganas, las olvidan y no se preparan para las grandes batallas, haciendo ejercicios de superhérores, pero que los verdaderos héroes las hacen con furia, se comen así hasta el último trocito de judía verde, pero guardan esa furia para ser fuertes y héroes y luchar contra los que...
—Bien, bien, bien... ya hablaremos mañana de eso, “Orlando”. Ahora a lavarte los dientes y a ver un poco los dibus hasta que suba la vecinita que te va a cuidar. Y tú, Ramón, como castigo recoges la mesa y friegas lo que ha ensuciado el niño. Voy a terminar de arreglarme.
Ramón, mientras empieza a hacer lo que le han mandado, le lanza a ella una mirada furiosa, frunciendo el ceño, dedicada por entero a Migue, que le ve y su carita resplandece de placer: sabe que Ramón se va a enfrentar a otro trabajo de Hércules, aunque no sabe muy bien quién es ese señor, ya se lo contará Ramón otra noche que venga a recoger a su madre y a salir con ella. Lo va a hacer con fuerza, aunque no le guste, y esa furia la guardará y se lo hará pagar a su madre más tarde. Ése es el juego: cómo hacer perfectamente lo que tienes que hacer y no te gusta, de un modo furioso, para que no se te olvide quién te obligó a hacerlo y vengarte más adelante. Se va a lavar los dientes moviéndose como si llevara sobre los hombros una capa de superhéroe cumpliendo una misión.
A Ramón le cae bien el niño. No le entusiasma, pero casi todos los niños de entre tres y seis años le suelen caer bien. Lo que sí le entusiasma es que Rebeca se prepare para salir con él. Es una verdadera chef de su cuerpo, que cocina hasta que brilla, que maquilla y perfuma y luego viste deliciosamente para que, horas más tarde, cuando el deseo haya crecido hasta ser casi insoportable, vuelvan a casa y se lo pueda comer.

Ramón vivió su infancia solo con su madre. No conoció nunca a un padre y, cuando fue mayor y preguntó por él, no recibió respuesta. Su madre era muy guapa, pero no se podía llevar bien con ella y la belleza no es un valor válido para un niño. Sólo con los años aprendió a definirla como una mujer desgraciada que conseguía transmitir la sensación de desgracia a todos los que la rodeaban. Y él, ya de niño, se sentía infeliz consigo mismo. Era pelirrojo, y no le gustaba. Pero lo peor de todo era que su pelo era crespo. Odiaba su pelo, ¿quién había visto a un pelirrojo de pelo crespo? Con los años fue viendo a niños y niñas pelirrojos, pero tenían un pelo liso y sus cabezas le parecían maravillosas. ¿Por qué él tenía que ser pelirrojo con rizos rígidos que no podía peinar y domesticar? En una ocasión, su madre le dijo que tenía el mismo pelo que su padre. Una de las escasísimas ocasiones en que le dijo algo de él. La madre odiaba a ese padre y Migue había nacido con ese pelo. Era un signo de infamia que le había sido transmitido desde el lado oculto de la vida, para que su madre sintiera por él el mismo desprecio que sentía por el padre. Ese era, en todo caso, el sentimiento que tenía Ramón. Un sentimiento de desprecio que le caía sobre la cabeza y lo convertía en alguien a quien todos preferían evitar.
Un día, no debía tener todavía los cinco años, se encontró una foto en un banco del parque. En una cocina mucho más grande y limpia que la de su casa, se ve a una madre que sonríe a su hijo. La madre no era ni con mucho tan guapa como la suya, pero se veía que era feliz y buena, que adoraba a su hijo. El niño, que da la espalda a la cámara, lleva puesto un pijama a rayas y tiene un pelo largo de color rubio. Desde que vio la foto, que se guardó y todavía conserva, tuvo la certeza de que era un niño feliz. Cuando sabía que no lo vigilaban, sacaba la foto de su escondite y la miraba concentrado. Ese niño soy yo, pensaba. Creció y se convirtió en adolescente con la fantasía potente de que tenía una doble vida, mucho mejor que la suya, en la que era rubio.

Subió la vecinita, de unos 15 años, y la mirada de Migue resplandeció. Sabía que en pocos minutos, cuando su madre y Ramón se marcharan, comenzaría una aventura que deseaba intensamente. Rebeca salió del baño resplandeciente, perfectamente cocinada. Ramón tomó la decisión de no mirarse en ningún espejo. Toda esa noche, hasta que se quedara dormido, abrazado a ella, sería rubio.


martes, 3 de mayo de 2016

De la periferia a la institucionalización: la emoción y la belleza están en el recorrido


Andrea Fraser responde a Ángela Molina en la entrevista que le hace en Babelia (1275): «Una de las lecciones más importantes que aprendí de los críticos institucionales más tempranos es que resultaba una falacia idealista esperar que de una obra se pudiera esperar un potencial crítico permanente».


Pienso inmediatamente en todas las veces en las que últimamente me han dicho que los agentes de las políticas realmente nuevas se convertirán, con los años, en iguales a los viejos. Lo que me estás diciendo, respondo, es que todavía no lo son. Por eso pienso acompañarlos en su emocionante recorrido hasta que se igualen. Será entonces cuando me detenga y me aparte, para esperar a los nuevos salvajes. De momento, la belleza de su recorrido me compensa.

sábado, 23 de abril de 2016

Por su minusvalía de pulpa (Alejandro Simón Partal)


Me voy a una terraza de Dos de Mayo, junto a un espacio de juegos para niños. Llevo Himnos abdominales, el último libro de ASP, publicado en Renacimiento, para empezar una tercera, todo por el placer, lectura.

Sigo creyendo
...
en la flor discriminada del naranjo
por su minusvalía de pulpa.

Llega un niño algo crecido, enjuto y bajito, dos tercios africano y un tercio moro, y se sube ágilmente a un árbol que está junto a la cerca del espacio de juegos. Se sienta en una bifurcación del árbol y mira cómo juegan los niños. Al poco tiempo, los de los columpios y los aparatos de subirse se detienen y le miran a él. Le admiran.

Cumplido el objetivo,

Todo en mi cuerpo es convocatoria


se baja del árbol y se va.

viernes, 1 de abril de 2016

Taller Bremen. Tema: un entierro


A hostias con el ciclista
  
La luz del sol entra violentamente en la habitación y me ciega. Me aturde. Es casi como si hubiera despertado en un incendio. Abro los ojos y en un primer momento lo veo todo borroso. Mi madre había abierto de golpe las contraventanas del balcón. Es mucho más tarde de lo habitual. Me han debido de dejar dormir más y, seguramente, esa noche dormí mal, porque no me había despertado pronto, como de costumbre. Cuando enfoco la vista, al lado de la cama está mi amigo Fernando con el traje de los domingos, de tela gris con puntitos oscuros. Fieramente restregado y repeinado; con seguridad por su madre, lo que no es habitual. Algo sucede. Son once hermanos y lo mejor de esa madre es que nunca actúa. Algo está pasando y creo saber lo que es. Mi madre le llama Fernandito. “Papá está peor, van a venir médicos y pensé que era mejor que te fueras dos días. La madre de Fernandito me ha dicho que te puedes quedar con él en su casa. Hoy es domingo y mañana no vais al colegio”. Por eso Fernando lleva el traje, porque tocaba ir a misa. Lo del peinado violento, con fijador, y la piel brillante de haber sido restregada es un extra, un signo que a cualquier niño de entonces le habría parecido un indicio de algo malo.
Me visto con la ropa de ir a la playa o a jugar por ahí. Nada de traje. Hago pis, me lavo la cara y nos despedimos. Sé lo que pasa y que el tiempo de espera es corto: ese día y el siguiente. No hay planes para el martes. Tomo una decisión fuerte y clara: si lloro, lo haré cuando nadie me vea hacerlo.
—Dale un beso a Papá.

Se lo doy, procurando no ver su mirada vacía, hacia el techo. Dos semanas antes, al irme a la misa obligatoria en el colegio, entré como siempre en el cuarto de mis padres, a darle un beso a ella. De él me despedía con la mano; los hombres no nos besábamos y yo, desde que cumplí los 10, lo era ya. Ella lee un libro y él el periódico, que le suben todos los domingos. Esa vez, me dice que le dé también uno. Cuando me inclino, mueve la cara y me lo da en los labios. Salgo de casa furioso y se lo cuento a los más amigos, asqueado. “¡Me ha besado en los labios!”. Al volver de misa me entero de que ha tenido un derrame cerebral. Mi padre ya “no está” y no parece que vaya a estar nunca. Por primera vez en la vida sé lo que es sentirme culpable. Como si una nube de tormenta, casi negra, se me hubiera metido en el cuerpo, cubriendo con una pesadez desconocida todo lo que pienso y siento. Había hecho un montón de cosas por las que habría merecido conocer la culpa, algunas de ellas graves, pero hasta ese momento nunca la había sentido; el arrepentimiento y todas esas cosas de las que nos hablan en la iglesia, tan lejanas a mi vida. Esta vez sí. Había pasado algo que él presintió, se despidió a su manera y yo me dediqué a contar a mis amigos el asco que había sentido. Ahora tengo la sensación de que él ya no está en ese cuerpo que respira, que no volverá a estar nunca, y de que no podré deshacer lo que hice. No podré mirarle y que me mire como si aquel beso no hubiera existido. Mi reacción de asco, en cambio, existió.

La madre de Fernando nos recibe, nos prepara el desayuno y nos dice que podemos hacer lo que queramos, que no hay colegio ni obligaciones; ni siquiera la de ir a una iglesia a recuperar la misa que hemos perdido. Decidimos ir a la playa con una pelota. No tenía el bañador, pero en esa casa no faltan. Él se cambia de ropa. Hasta ese momento, Fernando había mantenido una actitud de respeto reverencial, dispuesto a hacer lo que yo dijese. Al poco de estar en la playa jugando con la pelota en la orilla, esa actitud desaparece. Vuelve a estar dispuesto a pelearse por cualquier cosa, a ser divertido, y le agradezco sin decírselo que vuelva a ser mi amigo. Los dos tenemos 11 años, yo los había cumplido el día anterior al beso en los labios, y la amistad, tal como la entendíamos, era casi lo único importante que teníamos. Además del cine de los domingos.
Por la noche, antes de acostarnos, viene la madre de Fernando y me dice que mi padre ha muerto. Le digo que ya lo sabía, con la sequedad  que da la inexperiencia en el fingimiento, y ahí termina la conversación. Supongo que se sentiría aliviada, porque ni me pregunta que cómo lo iba a haber sabido. Nos acostamos y, cuando estoy absolutamente seguro de que Fernando está dormido, lloro durante mucho rato, sin pensar en nada. Lloro porque sí, hasta que me quedo dormido.

A la mañana siguiente, lunes, decidimos ir al Puerto. El domingo no merecía la pena ir, porque es el día en el que abría las puertas a todo el que quisiera entrar y pasear por la escollera. Pero en los días laborales sólo entran los trabajadores, los guardias y los marineros cuyo barco está atracado. Y nosotros, los hijos de los funcionarios de la Junta de Obras del Puerto. Un grupo que tenemos entrada libre salvo cuando hemos hecho una trastada y aparecemos en una lista con nuestros nombres sellada y firmada por el Jefe de Aduanas, en la que se indica que no podremos entrar en dos, tres, cuatro semanas, dependiendo de lo que hubiéramos hecho, con la fecha del día en que se levantará la sanción. Cuando la lista existe nos la enseña el carabinero de la puerta, que nos mira con cara de yo no os habría prohibido la entrada, sois niños. Para eso sí nos gusta serlo, para cualquier otra cosa nos habríamos enfadado, porque ya somos hombres. Muy jóvenes, en todo caso.
Vamos en bicicleta, claro. Fernando con la suya y yo con la de uno de sus hermanos. Al principio de la escollera las subimos a mano por la escalera de piedra y emprendemos una carrera hasta el faro por el estrecho paseo. Correr por correr y quitar los nervios. Sin competir. Sería imposible adelantarnos. Tiene un ancho de menos de dos metros, protegido a la izquierda por un muro bajo junto al que están los bloques de piedra y luego el mar, pero sin protección a la derecha, donde una pedalada equivocada te llevaría al suelo del puerto, unos cuatro o cinco metros más abajo. Intentar adelantarnos sería suicida. Ya lo habíamos hecho más veces, en grupo, lo de correr a toda velocidad sabiendo que el que salía el primero llegaba el primero, y el que salía el sexto llegaba el sexto. Correr en bici por allí puede ser motivo de que un vigilante o carabinero con un mal día se chive y aparezcamos en la lista; ya nos ha pasado, y el precio son cuatro semanas, pero la emoción de correr junto al vacío supera muchas veces el miedo al posible castigo. Además, casi nunca se chivan.
En el faro, sobre una plataforma amplia, nos bajamos de la bici y nos sentamos a secarnos el sudor y recuperar la respiración. Con el espíritu tranquilo por el esfuerzo. Las campanas de la iglesia principal se ponen a sonar como locas. Es por mi padre, le digo a Fernando, lo van a enterrar. Mi padre era concejal y se merecía eso y más, pienso, seguro de no equivocarme. Quiero ir a verlo pasar, le digo.

Sin habernos recuperado todavía, bajamos las bicis por la escalerita y salimos a toda velocidad del puerto. Fernando ni me discutió la idea: él habría hecho lo mismo y le parece justo. Esta vez vamos por la carretera, salimos del Puerto y giramos a la izquierda, metiéndonos luego por la Rambla, que es el camino lógico para llevarlo desde mi casa hasta la iglesia. Al final de esa calle ancha ya hay gente amontonándose en las dos aceras. Se escucha la música de la banda municipal. En cualquier momento girarán a su derecha y aparecerán. Apoyándonos en las bicis, nos encaramamos a una de las ventanas del Banco de España, un lugar desde el que se puede ver todo estupendamente, sujetándonos de los barrotes. Los de la banda municipal, con un lazo negro en la manga derecha, entran en la Rambla. Enseguida lo hace el coche fúnebre, tirado por cuatro caballos con adornos negros. Ya no me parece que una ventana sea el sitio apropiado para ese momento y le digo a Fernando que voy a ir a la acera. Me bajo y con la bicicleta, pues no podía dejarlo a él al cuidado de dos, intento abrirme paso hasta la primera fila. Voy totalmente despeinado y con la camisa empapada de sudor. Los espectadores protestan de que quiera pasar a primera fila con la bicicleta. Entonces explico la razón y la lógica de mi deseo.
—Soy el hijo del muerto.
La frase les enfada. Empiezan a empujarme hacia atrás y a pegarme. Sólo me importa proteger la bicicleta, que no es mía. Fernando baja corriendo y me ayuda a salir de allí, tirando de mí y de la bici hacia atrás.
No ha sido para tanto. La bici está bien y yo solo tengo la cara roja de las bofetadas, la camisa rota por el cuello y manchada de sangre, por un golpe en la nariz. Volvemos a subir a la ventana y desde allí veo pasar el coche negro en el que hay un ataúd, dentro del cuál está mi padre. Lo imagino como la última vez que le di un beso, pero con los ojos cerrados, ya sin mirada.
Tras el coche va el cortejo, encabezado por mis dos hermanos mayores. De pronto, me da vergüenza estar allí. Vámonos, le digo a Fernando. Reacciona al instante y enseguida hemos salido de la Rambla por una calle lateral. Corremos por toda la ciudad, cuidando de no volver a cruzarnos con el cortejo. En un parque nos paramos y nos quedamos mucho tiempo a descansar, sentados en la hierba. Con el dinero del domingo, que él sí tenía, compramos una botella mediana de gaseosa, dos cigarros de matalauva y unas cerillas. Nos terminamos la gaseosa de un trago cada uno, encendemos y fumamos uno de los cigarros, nos tumbamos mucho rato mirando hacia arriba y nos fumamos el segundo. Volvemos a casa de Fernando, dejamos las bicis en el portal, con la cadena puesta, subimos y entramos en la casa, procurando que nadie nos vea. Me lavo las manchas de sangre y él me da una camiseta. Echa la camisa manchada y rota a la cesta de la ropa sucia. La lavarán y la coserán, me dice, nadie se preocupará de saber de cuál de mis hermanos es.
Le digo que voy a pasear y luego volveré a casa, que no quiero quedarme a comer. Me quiere dar parte del dinero que le queda, total ya no le da para la entrada del cine, pero no lo acepto. Cruzo la ciudad y entro en el puerto pesquero, el que siempre está abierto porque no atracan barcos, donde sé que habrá muchos pescadores de caña. Voy hasta el muelle final, el que da al mar abierto. Les veo pescar con la paciencia con la que lo hago yo allí algunas tardes de verano. Miro el mar. Procuro recordar la cara de los que me han pegado. Memorizarla. La vida es larga y puede que tenga ocasión para la venganza. Soy un superviviente, me digo. Lo era desde antes de nacer, cuando mi madre estaba enferma y era dudoso que llegara al parto, como me habían contado varias veces. Pregunto la hora y son casi las cuatro. Seguro que nadie me estaría esperando. Pensarían que estaba con Fernando. No he comido, pero tampoco tengo hambre.
Al llegar a casa les doy un beso a todos. Me preguntan si he comido en casa de mi amigo y les respondo que sí. Hablan de cosas que no me interesan y no les presto atención. Pienso en el coche negro. Pienso que la vida va a ser distinta desde ahora, pero ni siquiera me pregunto cuáles serán los cambios. Sé que serán malos. Me siento en una butaca del mirador. Me centro en la plaza de abajo. Nadie pasa a esas horas y así me es más fácil dejar de pensar. Fijándome en la luz del sol sobre las baldosas, me quedo dormido.




miércoles, 30 de marzo de 2016

Apoya el despliegue de eldiario.es sobre refugiados




El acuerdo de la vergüenza de la Unión Europea para cerrar la frontera y expulsar masivamente a los refugiados merece de un esfuerzo para contar la verdad de lo que realmente están sufriendo personas inocentes en nuestra frontera. 
Es gracias a ti que llevemos 3 años cubriendo la inmigración europea y advirtiendo de que estábamos ante la mayor crisis migratoria desde la Segunda Guerra Mundial. Ahora que terminaron las lágrimas de cocodrilo y la maquinaria de expulsiones se pone en marcha, no queremos retirar nuestro foco del asunto sino todo lo contrario. Por eso pedimos tu colaboración.

Reenvía este e-mail a tus amigos y familiares y cuéntales por qué es necesario que se hagan socios de eldiario.es. Juntos podremos mantener lacobertura internacional con 6 periodistas:
  • En Turquía para controlar qué pasa exactamente con las personas que expulsaremos allí.
  • En Grecia para controlar de qué manera, en suelo europeo, funciona el acuerdo de expulsión de manera práctica.
  • En Bruselas para exigir transparencia y contar el detalle de las negociaciones políticas sobre refugiados. 
  • En Alemania para tomar la temperatura en uno de los países más influyentes sobre las decisiones que se puedan tomar. 
  • En Melilla, donde de manera más invisible se han concentrado cientos de refugiados y donde el gobierno de España hace lo contrario de lo que predica en Bruselas. Puede ser una de las nuevas rutas que busquen los refugiados.
  • En Marruecos, gran aliado europeo en la gestión de fronteras, donde España ha ensayado durante años el modelo que ahora desarrolla con Turquía. 
También puedes decirles que visiten esta página l.eldiario.es/cobertura-refugiados/, donde explicamos en qué consiste este despliegue y por qué les necesitamos. O compartir en tu muro de Facebook este vídeo.

Tú eres nuestro mejor embajador y quien mejor puede hablar de nosotros.Ayúdanos a encontrar más socios y socias que, como tú, no se olvidan de los refugiados ni de los temas importantes que no hay que dejar de prestar atención.

No buscamos solo lectores, sino cómplices.
    Tú no te olvidas de los refugiados. Nosotros tampoco
    En eldiario.es creemos que estamos ante el reto más complejo de esta época en Europa y gracias a ti podemos contarlo con una perspectiva de respeto a los derechos humanos.

    Gracias de antemano.
    Un saludo de parte de la redacción de eldiario.es

    PD: El formulario para hacerse socio está aquí ;)

    martes, 1 de marzo de 2016

    No subí la actualización de frebrero, así que lo hago ahora junto con la de marzo. Es un tema de información, así que no es necesario habilitar comentarios.

    ACTUALIZACIÓN DE FEBRERO








    ACTUALIZACIÓN DE MARZO