“Lo primero que hay que hacer para salir del pozo es dejar de cavar”. Proverbio chino.

NO PODEMOS RESOLVER PROBLEMAS PENSANDO COMO CUANDO LOS CREAMOS. Albert Einstein

“Si a alguien le indigna más ver un contenedor ardiendo que una persona comiendo de él, tiene que revisar sus valores”

Sobre los poderes de siempre y los emergentes: "“No nos parece mal que nos muerda un lobo, pero a todo el mundo le saca de quicio que le muerda una oveja". Ulises de Joyce, Cap. 16




martes, 24 de octubre de 2017

madre mía, Florencia del Campo





Alguien en quien confío en lo infinito me pasa este libro y me dice “toma y lee”. Veo que va de una hija a la que se le ha muerto de cáncer la madre, o se está muriendo hasta que se muere de veras. He leído libros así, la mayoría dedicados a contar la pena, la soledad en profundidad lo sucedido. Hay que leer varios de estos, porque es una experiencia humana esencial: sobrevivir y acarrear un montón de historias cruzadas que ya solo conoce el que sigue viviendo.

Pero en estos momentos, pues como que no me apetece. A todos el cáncer nos ha matado, con la aparatosidad con la que suele hacerlo, a alguien que queremos (a nuestra manera, rara, algunas veces). Y me está sucediendo ahora, así que no me apetece leerlo. Pero ya dije al principio la confianza que tengo en quien me dijo “toma y lee”, así que le daré una posibilidad.

La autora ha elegido una cita de Amélie Nothomb, de Matar al padre, para la primera página:

Yo también te abandonaré, mamá.
Porque eres egoísta. Porque hablas demasiado fuerte.
Porque siempre te estás quejando.

No he empezado el libro y ya estoy pensando que “esto promete”. Pocas veces la cita introductoria de un libro promete tanto. Empiezo con ganas y en la segunda página hago un subrayado de un párrafo que me maravilla:

“Y de pronto, caes internada. Tu cáncer de pulmón ha hecho metástasis en el cerebro. Tu cáncer (...) ha hecho (...): en el cáncer, vida propia. Voluntad de acción. O acción involuntaria, refleja. Tu cáncer refleja voluntad de metástasis en el cerebro. Tu cerebro refleja voluntad de cáncer. No es justo, lo sé, perdóname: solo estoy jugando con las palabras.”

Y me preparo para un libro en el que, aparte de la historia que cuenta, la autora va a jugar con las palabras. En el que las palabras (a veces poéticas por el modo de distanciarse unas de otras para terminar chocando como trenes), los pensamientos, son el centro de la historia contada. ¿No es así como vamos pasando la vida, contándonos de maneras diferentes lo que nos fue pasando? Pues he encontrado una autora que sabe hacerlo con un desorden ordenadísimo.

Porque aquí no se cuenta solo un cáncer. La narradora no hace más que marcharse del país para escribir su segundo libro: India, Francia, Madrid... para tener que regresar a toda prisa porque el “evento” (la palabra es de la narradora, no mía) puede producirse: y eso conlleva que ella abandone su vida para estar presente en el final de otra vida.

También hay dos hermanas más. Una madre y tres hijas. No es de extrañar que cuando vivían juntas la narradora llamara Bernarda Alba a la madre. Y las hermanas no se llevan bien. Supongo que en momentos así todavía se llevan peor. Lo he visto en la realidad muchas veces: esta enfermedad exige tomar decisiones que el enfermo no quiere tomar y los familiares discuten sanguinariamente.

Es un libro hecho, como todos, con palabras. Pero en este la atención a las palabras y su sentido está muy por encima de lo habitual. Es un libro que sigue poco la linealidad de las historias que cuenta. De un párrafo a otro se producen cambios de tema que son como saltos de gigantes. Historias que no tienen que ver con la enfermedad sino con una narradora que se ha ido de su país para seguir escribiendo. Pero es que es un libro que recuerda la verdad y se impone la obligación de ser verdadero.

¿No es cierto que en la realidad, cuando nos contamos historias a nosotros mismos, mezclamos los años, los temas y las personas que entran en los recuerdos? Lo difícil es hacerlo con el ordenadísimo desorden conque lo hace Florencia del Campo.

Al terminarlo, me siento más fuerte en lo personal, pero sobre todo con ese agradecimiento profundo que siento cada vez que encuentro un libro en el que el autor sabe jugar con las palabras, convirtiendo en algo especial, raro, sus significados.


(Hoy, 24 de octubre, a las 19:30, la escritora Laura Freixas presentará el libro en Cercantes and Company, calle Pez, 27, Madrid)

domingo, 3 de septiembre de 2017

Yacaré libros: lecturas felices, 1




Siempre ha recordado con nostalgia la felicidad que, con unos 10 años, me produjeron dos libritos para niños o jóvenes que debieron ser de mis hermanos mayores; o incluso ellos los habían heredado de alguien de más edad todavía. Una versión para jovencitos de La Ilíada y de La Odisea. Aunque no de gran tamaño, tenían unas tapas duras, como de imitación (supongo) de piel; las hojas eran gruesas; la tipografía era clara, con la tinta fuerte; en la portada, sobre un vaciado en la piel, estaba pegada una estampa a todo color referente a la historia; en cuatro hojas en blanco del libro, habían pegado otras tantas. No solo por las historias, que a cualquier enano de 10 años le enloquecían (recordemos que eran versiones para jovencitos, de las que se habían eliminado enumeraciones y todo aquello que se alejara de la línea argumental), sino por la forma en que se habían editado: incluso el pequeño tamaño, para adaptarlo a manos pequeñas. Cada vez que volvía a coger uno de esos dos libros, me sentía feliz.

Con la parte-objeto de los libros de esta Yacaré, he recuperado esa sensación de felicidad. En ellos todo está pensado y hecho para que el libro físico que tienes en las manos y miras con los ojos añada todas las posibilidades a la narración que cuenta. Incluso, ahora, las estampas son maravillosas ilustraciones que cubren todas las páginas, con el texto sobre el mismo color base de la ilustración, repartiéndose el espacio. Lees, miras y tocas. El tacto de estos libros está pensado y hecho, sin escatimar, para potenciar la felicidad que transmiten.

Las narraciones pertenecen al siglo XIX, principios en el caso de Le Fanu, último tercio en el de los otros tres, fallecidos estos a finales del primer cuarto del XX. Pertenecen los autores a lo mejorcito de la historia literaria europea de esa época. Anteriores a la revolución de Joyce, Kafka y Proust. Cuando lo importante de las historias era la inventiva y saber contarlas... porque en aquellas épocas era habitual que alguien de la familia las leyera en voz alta a otros. La emoción de las historias narradas.

En este primer post sobre Yacaré he elegido los dos libros que podrían soportar una lectura infantil, El Desván, de Saki, ilustrado por Eduardo Ortiz y traducido maravillosamente por Juan Gorostidi, y los dos relatos de Leopoldo Lugones, Yzur y La lluvia de fuego, ilustrados por Carlos Cubeiro. Cada relato tiene su portada. Al terminar uno se gira el libro hacia el frente y aparece el otro con su propia portada.


El Desván
Saki





La primera vez que leí a este autor, sobre todo los relatos sobre niños, me sobresalté. Siempre había pensado que hasta los 10-11 años los niños pertenecíamos a un grupo aparte, casi a una clase socio-cultural distinta. Posiblemente mi infancia es lo que mejor recuerdo, la fase más importante y auténtica de mi vida. Y era persistente la idea de que no tenía nada que ver con mis padres, tíos y hermanos, incluso tampoco con mi hermana, que me llevaba solo 5 años... aunque temo que era por que ella era una chica, y nada más alejado que una niña de aquella época con respecto a los varoncitos de esa edad, que vivíamos una historia heroica totalmente apartada, y conflictiva, con respecto a los adultos: todos aquellos infelices que tenían más de 12 años.
Puedo contar que un verano, en la casa que alquilábamos en verano, en la que con todos los familiares se iban a celebrar las bodas de plata de mis padres, mi madre cometió un grave error: me vistió con una horrorosa ropa “de bonito” y me dejó salir a pasear, “pero sin jugar ni ensuciarte”. ¡Qué crueldad e ignominia! Merecedora de cualquier contraataque. Me encontré con un amigo que se iba en coche con sus padres a una casa que tenían en la montaña. ¿Te quieres venir? ¡Claro! Pues pide permiso a tus padres, que volveremos hacia las 11 de la noche. Di un paseo y volví diciendo que les parecía bien. Cuando volvimos a esa hora, me estaba buscando hasta la Guardia Civil. No comento lo que pasó, pero mi espíritu decía que mi acción había sido justa.
Esa guerra implacable, incluso sabiendo que al final los rayos y truenos pueden caer sobre ti, la encontré, ¡por fin!, en la literatura. En los relatos de Saki, en los que no siempre las historias terminan mal para el inteligente niño heroico, como sucede en este relato.


Yzur y La lluvia de fuego
Leopoldo Lugones


No conocí a este autor, poeta, narrador, ensayista, periodista y político argentino, hasta que en la Universidad me apunté a dos cuatrimestres de literatura hispanoamericana y tuve el gozo de leerlo.

Aquí Yacaré nos presenta dos cuentos fantásticos (de fantasía) montados sobre ideas casi filosóficas, sin que se note, que me han hecho feliz a mí y espero que os lo hagan a vosotros al leerlos. Tenemos que leer más a los hispanoamericanos.

jueves, 8 de junio de 2017

Relato Bremen. Tema: el miedo a la oscuridad


And there’s blame of the light too: when eyes are
humming birds who’ll tie them with a lead string?

La luz también tiene su parte de culpa: cuando los
ojos son colibríes, ¿quién va a atarlos con una cuerda?

Improvisations
William Carlos Williams



Deslumbramiento. Esa es mi pesadilla. Cualquier hilo de luz estalla en mis ojos, abrillantando la mirada hasta volverla insoportable. La medicina dice que todo es físicamente normal, que ninguna célula de mi capacidad óptica muestra desvío alguno con respecto a la normalidad. Aceptaré interiormente, de mí para mí, que es mi forma de pensar, que no hay daño estructural, sino una perversión de la ejecución de mis procesos conscientes. Hacia el exterior, simularé esa normalidad que me imponen los médicos.

Las gafas de cristales muy oscuros que llevo día y noche las justifico con una conjuntivitis aguda que digo que me están tratando. Los destellos de sombras que me proporcionan me permiten llevar una vida aparentemente normal. Aunque me guíe casi a tientas, basándome más en los hilos de oscuridad, trabajo, camino por la calle, uso los medios públicos de transporte. Fuera de las necesidades del trabajo, procuro socializar lo menos posible, en parte por la molestia que me produce, pero sobre todo por la desgana absoluta de participar en la vida. La luz cegadora me ha lanzado fuera y lo que me acomoda es perder lo máximo que pueda el contacto con ella.

Cuando por fin llega la noche y me acuesto, aunque no estoy nada cansado, tras haber cerrado bien las persianas y las cortinas gruesas que puse, para que ninguna luz exterior me llegue, espero paciente los paisajes con luces diferenciadas, de distintas texturas e intensidades, que me revelan el mundo que conocí y amé. O que no conocí y aparece inventado ante mí. Es curioso, pero en esos sueños que no controlo, porque estoy dormido, pero que se producen sabiendo que estoy en la cama, soñando, hay un narrador, alguien que lo cuenta todo, o que todo lo ve y lo oye, que no soy yo. Podría llamarlo El Que Todo Lo Cuenta... Es el centro de lo que se ve y se oye. Si en el “sueño”, o lo que sea que sea, aparezco yo, el narrador está a unos cuatro o cinco metros de altura. Por detrás de mí. Es decir, nunca se ve mi cara, aunque es evidente que soy yo. Aunque en ese “sueño” tenga tres años y me esté bañando en la orilla del mar, con unas olas minúsculas ante las que retrocedo con cierta aprensión. Pero los colores que dan vida a la escena, ¡ay!, tienen una luz modulada y son maravillosos. Lo mismo sucede cuando el personaje principal de lo narrado sea otro. Creo que no me importaría perder la conciencia y quedarme los años que me falten en una cama de hospital, soñando las 24 horas del día, uno tras otro. Claro que a lo mejor eso me sucede porque paso 16 horas al día sufriendo las inclemencias del deslumbramiento y solamente 8 “soñando” en los colores de la Creación. A lo peor, si me hospitalizaran y me mantuvieran mecánicamente, perdería esas ocho horas de la gran maravilla.

Por casualidad, en un banco situado en la zona más umbría de un parque, conocí a alguien que llevaba también gafas muy oscuras. Tenía más experiencia que yo en esta “situación”, detectó que me pasaba lo mismo que a él y me habló. Conocía a más personas a las que les sucede lo mismo y me las fue presentando. Salvo las muy mayores, que por la edad no pueden, dedican los días libres a visitar grutas y practicar la espeleología. Me he unido a ellos. En realidad no tenemos otro objetivo que el de descender, sin linternas, a profundidades en las que el deslumbramiento no nos hiera, en las que dejemos de tener la sensación de que cualquier brillo mínimo nos vaya a derribar, cayendo al suelo sin fuerzas para seguir vivos.

Poco a poco, según aumentaba la confianza en mí de mis nuevos compañeros, me he ido dando cuenta de la extensión de este fenómeno. Somos muchos más de lo que podía pensarse. Y no solo es la visita a las cuevas la única actividad. Se han creado “casas oscurecidas” que están a la disposición de los miembros del grupo. Vamos a ellas como la gente normal va a los bares, cafeterías y locales públicos. Lo financiamos entre todos.

Me ha inquietado ir descubriendo que entre nosotros se extiende una conciencia de pertenecer a un grupo humano que se considera especial. Dentro del grupo general hay una especie de Dirección que se refiere a nosotros como Los Herederos de la Tierra. Hay una ideología, una sensación de superioridad, de ser los héroes que sobrevivirán a la catástrofe que acabará con la Humanidad, los que habitaremos a decenas o centenares de metros bajo la superficie de la Tierra, los que crearemos la nueva civilización humana. Esta “ideología”, este querer dar sentido a nuestra minusvalía, que seguro que tendrá una causa científica relacionada con los venenos que la civilización industrial está creando, me repugna. Ni puedo ni quiero pertenecer a este grupo de Superhombres, tan falso como todos los que se fueron creando, mediante dioses y subterfugios, para ocupar el poder.


Me he separado de ellos. He vuelto, tras la alegría de haber conocido a tantas personas aquejadas de mi mismo mal, a llevar una vida solitaria. Pero tengo miedo, porque para ellos me he convertido en un traidor peligroso, ya que podría denunciarles, dando todos los datos necesarios para que los controlen. Es la historia que se ha repetido siempre. No queda mucho para que decidan mi condena, mi asesinato. Mentiría si no reconociera que tengo miedo. Pero el temor a formar parte de una superchería de Superhombres es mucho mayor.

jueves, 9 de marzo de 2017

Taller Bremen. Tema: El reencuentro


Treinta Años No Son Nada


Todos los que compartíamos el piso nos estábamos preparando para irnos unos días, debía haber un puente o algo así, a la casa en el campo de una amiga. Tres chicas, otro chico y yo. Todos estudiábamos en la Universidad Autónoma, aunque en carreras diferentes. Los preparativos no llevaban mucho tiempo. Yo lo metía todo en una bolsa militar de las que se compraban en el rastro, de esas que se colgaban del hombro. Poca cosa: dos camisetas y tres calzoncillos, un libro y un bloc, un lápiz y un bolígrafo, el cepillo de dientes. La pasta dentrífica ya se la cogería a alguien. Ah, y una toalla para la ducha, de las pequeñas.
Sonó el timbre de la puerta y apareció María acompañando a mi padre, que era el que había llamado. Sonreía abiertamente. Llevaba bigote, pero al menos no era el bigote fascista, repulido, que le recordaba. El que llevaban casi todos en aquella época. Me ha dicho que se viene estos días con nosotros, contó sonriente María. Aguanté el tipo y simulé una sonrisa. Pero no cabemos seis en el coche, protesté. María dijo que no importaba, que ella iría en el de Juan, que tenía un sitio libre.
No me hacía ninguna gracia, pero no me quedaba otro remedio que ocultarlo. Mi padre parecía entusiasmado, me enseñó la postal que le había enviado a mi madre, comunicándole que se venía con nosotros. No sé porqué, pero a todos los del piso les parecía una idea excelente.

Aquella excursión existió realmente. Lo pasamos muy bien, recuerdo. Pero entonces tenía yo 21 años y mi padre había muerto cuando tenía 11. En el momento del sueño acababa de cumplir 51 y como tanto mi cumpleaños como su muerte se habían producido en días cercanos de mayo, entre el sueño y su muerte habían pasado cuarenta años. Treinta entre el sueño y la excursión. Treinta años no son nada. Cuarenta desde su muerte, para estas cosas oníricas, todavía son menos. Pero en todo ese tiempo nunca había soñado con él. Y las veces que lo había recordado eran escasas, anecdóticas. Como si no hubiera existido. Pero desde entonces volví a soñar con él algunas veces. Incluso la memoria me trajo recuerdos de cosas que habíamos hecho juntos; siempre agradables. En una de las ocasiones en que fui a la ciudad donde estaba enterrado, visité su tumba en el cementerio y sentí una emoción especial.
Sin duda el sueño había sido un acto de perdón. Pero, ¿por qué se había producido? Y sobre todo, ¿qué era lo que se había perdonado? ¿Y quién había sido el agente provocador del perdón? Me alegró que se hubiera producido, pero preferí no buscar respuestas. Todo estaba mejor que antes y enredar con las preguntas esenciales es siempre peligroso. Tenemos la falsa creencia de que es mejor saber lo que ha pasado, cuando la realidad es que la búsqueda de respuestas muchas veces nos devuelve adonde habíamos estado y donde no queremos estar de nuevo. Ahí es donde necesitamos recurrir a sueños absurdos. Dar una capa de pintura a paredes en estado indecente.


martes, 20 de septiembre de 2016

El 30 de septiembre, si os apetece nos vemos

Los descubrí por casualidad y quedé alucinado. Desde entonces los sigo. Son una gran oportunidad de placer para un viernes: si vais, allí nos veremos.



viernes, 15 de julio de 2016

Taller Bremen. Tema: la meditación

Una larga y sinuosa meditación


Antes de la meditación

—Y este es el punto final que te anunciaba. Me voy ya mismo —estalló ella tras soltarme un discurso muy quebrado en su desarrollo, más impulsado por la negatividad de sus emociones hacia mí, creciente en los últimos años, que por la claridad con la que sin duda lo había elaborado la noche anterior— ¡¡Y quítate la bata de mi madre!!
Me la quité de inmediato y me quedé desnudo en mitad de la sala. La señalé con un dedo con el brazo extendido, en un gesto que pretendía ser más informativo que de advertencia, y le dije:
—Son las 2 de la tarde de... de...
—Del martes.
—Eso es, del martes. Te dejo sola para que organices lo que te quieres llevar y volveré a media tarde del jueves. Puedes llevarte todo lo que quieras, pero que sea portátil. Me explico: te puedes llevar una lámpara que se enchufe, pero no una que esté instalada y se encienda con un pulsador que esté en la pared, o bien...
—Entendido perfectamente.
—Volveré el jueves a media tarde y cambiaré la cerradura. Tu tiempo aquí habrá terminado.
—No sabes cómo me alegro.

No entendía muy bien su furia porque me hubiera puesto en las últimas semanas, con la llegada del calorcito, una de las batas de verano de su madre, de algodón, muy fresquita y cómoda. Cierto que yo era muy delgado y que la madre, antes del desarrollo final de la enfermedad, estaba bastante gorda, pero preferí cambiar cierta elegancia tradicional por la comodidad de esa prenda para estar en casa, leyendo y estudiando sintaxis. Nada que mereciera de pronto aquella furia al pronunciar la frase.
Claro que el papel de la madre como desencadenante del enfrentamiento fue con pernoctación prolongada. Cuando salió de dos operaciones y necesitaba muchos cuidados, la trajimos a nuestra casa a cuidarla en sus últimas semanas o meses. La casa tiene forma de “L” y la parte pequeña de la forma, que nunca usábamos, incluye una cocina y un baño pequeños, más dos dormitorios. Acomodamos a la madre en el más grande y en el otro a la asistenta que contratamos. Una enfermera venía dos veces al día a hacerle todos los necesario, sustituida por otra con tarifa especial los sábados, domingos y festivos.
Ya nos iba muy mal juntos antes de lo de su madre. Hacía tiempo que había terminado la época dorada, en la que todas las mañanas iba a las siete al dojo a hacer casi dos horas de meditación, desayunaba con los compañeros el tazón de arroz con verduras y el resto del día era, todo yo, equilibrio y energía. Coincidiendo con la fecha en que abandoné esa costumbre todo iba muy mal entre nosotros: es seguro que existía una correlación pero, como le dije a ella mil veces, correlación no significa causalidad.
Lo mismo que hay parejas que en momentos de crisis tienen un hijo, para acabar separándose igual pero con el problema añadido de tener el hijo, nosotros adoptamos una madre moribunda que en lugar de morirse en poco tiempo aguantó más de un año. Coincidió con la época en la que empecé a estudiar seria e intensamente sintaxis, dedicándole gran parte de mi tiempo. Ya no salíamos juntos. Yo, ni separado. No venía nadie a casa. No sé porqué, ¿porque la veía tan desmejorada que me tomé la adopción en serio y quería serle de ayuda?, me ofrecí a leerle. Lo hacía cuatro, seis o hasta ocho horas al día. Iba a su cuarto y le decía Marta, ¿quieres que te lea algo? Ella sonreía y yo me ponía a leer. La asistenta aprovechaba para dormitar o ver la televisión. La hija de Marta se reconcomía pensando que estaba usurpando su papel. Quizá imaginara que en esos últimos tiempos iban a hablar, madre e hija, lo que no habían hablado nunca. Las dañinas y entrometidas fantasías.
—Estoy a punto de terminar de leerle las obras completas de Camus —le contesté en una ocasión a mi furiosa compañera.
—¡Pero en francés! ¡Y ella no sabe francés!
—No sabía. De tanto oírlo, al cabo de dos meses me di cuenta de que empezaba a seguirme bastante bien. Cuando entraba y le decía: Marta, ¿quieres que te lea?, en lugar de sonreír me contestaba “Je vous en prie”.
—Siempre has sido Don Inventos y Patrañas.
—Pues cuando acabe con Camus voy a leerle la obra de Amélie Nothomb. Seguro que le va a encantar.
Y pude leerle más de tres cuartas partes de esta autora, que de verdad que le encantó. Me molestó que se muriera de pronto, porque ya estaba empezando a desear leerle los libros de Pierre Michon. Lo íbamos a pasar muy bien, los dos. Pero se murió y no pudo ser.
Mi compañera estaba cada vez más furiosa. Iba a ver a su madre y nos encontraba a mí leyendo en francés y a ella escuchando, muy interesada. Le hacía a su hija un gesto con la mano como queriendo expresar “espera, que este capítulo es muy bueno”. Mi suegra se interpuso entre nosotros, cuando ya todo estaba casi perdido, y su furia fue transformándose en odio. Era como si hubiéramos tenido una hija arrugada que quería más a su papá. Para ella fue una traición imperdonable.

Cuando regresé el jueves por la tarde y entré en la sala me dio una punzada de inquietud ver que se había llevado todos los CDs de música, pero apenas si había huecos en la librería que ocupaba tres de las paredes; no más de 20 huecos había, como si se hubiera llevado solamente los que tenía interés en leer de inmediato, renunciando a todo lo demás. Fui a toda prisa a su armario y vi que apenas se había llevado nada. Fui al cuarto de su madre y estaba toda la ropa de esta. Me lo había dejado prácticamente todo, imagino que pensando que eso sería para mí una carga insoportable, pues sabía de mi incapacidad para organizar aquello de lo que debía desprenderme y luego pasar a la acción, deshaciéndome físicamente de ello. Supongo que imaginó, como imaginé yo enseguida, que cargaría el resto de mi vida con toda su ropa y objetos, más los de su madre. Todo cogiendo polvo, envenenando mi vida. De pronto tuve una descarga eléctrica de presentimiento y corrí hacia el cajón en donde guardábamos el dinero para el semestre. Estaba vacío. Corrí entonces hacia el cajón grande de la cómoda en donde desde hacía muchos años guardábamos, mejor podríamos decir “echábamos”, todo el dinero sobrante del semestre vencido, que era mucho porque gastábamos poco. Vacío. Faltaban dos meses para el cobro del semestre siguiente y me había dejado en la indigencia.
Mi padrino, primo segundo y amigo íntimo de mi padre, chocheaba conmigo. Me llevaba a su casa en un pueblo cercano a la ciudad y a pocos kilómetros del mar. Yo podía jugar solo por el campo que rodeaba la casa antigua, formando parte de la propiedad. Cuando me cansaba, subía al Torreón, donde él estaba dedicado al estudio y le pedía que me leyera. Y empezaba a hacerlo con el libro que tuviera en las manos, que era siempre de filosofía o de literatura del XIX. Mi padrino, heredero de dinero rural antiguo, con propiedades que de dar trigo y aceitunas habían pasado a dar suelo para residencias turísticas, le decía a mi padre que yo era, al mismo tiempo, el niño más listo y más tonto que había conocido, que había que protegerme porque no sería capaz de trabajar ni de cartero. Y me protegió. Con todo el dinero que tenía en la bolsa de valores, más algunas propiedades prometedoras, creó una especie de fondo que me estaba destinado hasta que se agotara. Cuando él muriera, el bufete que le llevaba los asuntos se convertiría en mi albacea, administrándome el dinero con las siguientes normas: a su muerte recibiría una cantidad que él había fijado y que se repetiría al semestre consecutivo; al año siguiente, recibiría semestralmente la misma cantidad revalorizada con el índice de inflación más un punto; así cada año. Yo no sabría nunca cuándo se agotaría. El bufete, que hacía y deshacía inversiones a su antojo, cuando se estuviera agotando el dinero y solo quedara para un semestre más, me avisaría. No tenían que darme ninguna otra información. También se encargaría el bufete, a la muerte de mi padrino, de comprar y poner a mi nombre una casa decente y grande. Y de pagar, fuera de la asignación semestral, todos los impuestos correspondientes a las cantidades recibidas más los gastos fijos que conlleva una casa, para lo que me abrieron una cuenta que fui a firmar como titular, pero que ya ni recordaba dónde estaba la sucursal. De las cartas que me enviaba el banco, por supuesto que no abrí ni una sola de ellas.
Cada semestre me daban en efectivo una cantidad que superaba con mucho mis gastos. Metía todo ese dinero en un cajón y cuando cobraba el semestre siguiente lo que había sobrado lo pasaba al cajón, más grande, de una cómoda. Qué risa cuando pasamos de las pesetas a euros y me dijeron que les llevara los billetes que tenía para que ellos se encargaran de cambiarlos. Me presenté con una maleta llena de billetes grandes. Me dijeron que esa cantidad era difícil de manejar y que me costaría entre un 20 y un 25%. Con mi mirada de listo seguida de mi cara de tonto, les dije que por supuesto que sí. A veces he pensado que el bufete vivía de todo lo que me engañaban. Pero me daba lo mismo. Un día el dinero se acabaría y tendría que estar preparado, según me dijo el padrino en una carta; que para ese momento ya debería haber espabilado.

Ahora tendría que espabilar un poquito, porque ella se lo había llevado todo y faltaban dos meses para el semestre siguiente. El bufete tenía prohibido adelantarme un solo euro. Me sentí eufórico al darme cuenta de que tendría que vivir, de momento, de pedir prestadas cantidades pequeñas a todos los que me habían sableado durante años. Sería divertido encargarme de esa tarea tan poco habitual. Sin darse cuenta, me había hecho ese favor, darme ese impulso para pasar temporalmente de tonto a listo. Bendita fuera. A cambio, era justo que hiciera algo por ella; aunque no fuera ella la que iba a disfrutarlo era una manera de darle, con años de retraso, la razón: volvería a meditar, aunque en las condiciones en las que me encontraba tendría que hacerlo solo, hasta recuperar la forma y poder presentarme en un dojo.


En la meditación

Tenía todo lo que necesitaba, pero intuía que al terminar la meditación que quería hacer como inicio de la vida nueva que iba a tener no estaría en disposición de realizar determinadas gestiones urgentes. Salí a la calle y visité a algunos amigos para pedirles pequeños préstamos de supervivencia. Cené, comí y volví a cenar platos combinados en la cafetería de debajo de su casa. Hice varios litros de té verde y té negro, los endulcé con miel, lo vertí en botellas de cristal, que guardé en la nevera. En el armario de mi suegra, cogí la bata que estaba encima, una de florecitas, y me la probé. Me estaba holgada y cómoda. La túnica negra que solía ponerme en las meditaciones en el dojo se me había quedado estrecha; imposible ponérmela. Desconecté los teléfonos y el timbre de la puerta. Busqué y encontré el zafu, bajé las persianas casi del todo, para que tanto de día como de noche se colara una luz mínima pero suficiente. Hacía un buen rato que se había hecho de noche. Por las ventanas abiertas entraba una corriente fresca que reforzó la sensación animosa que me había producido realizar tanta actividad.
En mis tiempos de meditador, había asistido a varios retiros en un entorno rural, dirigidos por un monje, con numerosas y casi continuas meditaciones prolongadas y diarias. Un tour de force que arrasaba las resistencias del cuerpo y la mente a una vida dedicada a meditar. Además, con varios compañeros, sin supervisión, en una casa de la montaña, nos pusimos a prueba con una meditación casi ininterrumpida de cuatro días y otra de siete, con descansos mínimos.
Ahora no estaba preparado para eso, pero lo iba a hacer igualmente. Necesitaba un rompimiento. Los pensamientos y actitudes asentadas durante los últimos años eran como puntos de luz que se atraían y se repelían violentamente. En mi estado mental, podría convertirme en un juguete de investigación para cualquier psiquiatra, pero decidí solventarlo solo, callada y quietamente, para lo que me convenía un grado de violencia interior muy superior al silencio y la quietud de una meditación habitual. Era lo que necesitaba. Saqué de la nevera una botella de té con miel. No quería que estuviera helada cuando fuera a beberla.
Puse el zafu a 40 centímetros del único trozo de pared que no estaba cubierto por una librería. Me senté de espaldas a la pared. Las piernas cruzadas sobre el suelo no me produjeron el dolor que había imaginado: la memoria celular antigua funcionaba mejor, en los primeros momentos, que los avisos de los músculos y tendones deformados por una vida sin control físico.
Cerré los ojos, bajé ligeramente la barbilla, enderecé la espalda, como si la cuerda de una plomada imaginaria marcara una línea, inmóvil en su tensión, que la recorriera de arriba abajo, entrando por un punto situado un poco por delante de la coronilla y descendiendo en una vertical perfecta. Realicé una inspiración y una espiración profunda y suave, que repetí casi interminablemente. La mitad superior del cuerpo se descontroló; y con ello me llegó el primer aviso de que las piernas cruzadas no se sentían cómodas: avisaban de su existencia, que es lo peor que puede esperarse en una meditación. Si se va a sacar el Yo del modo en que está fuera de la meditación, no hay que permitir la sensación desequilibrante de que el Cuerpo sí haga notar su presencia.
No podía encarar una meditación. Tantos años habían pasado. Me centré en respirar suavemente y en relajar el cuerpo desde la coronilla hasta la punta de los dedos de los pies. Una y otra vez. Concentrándome en zonas amplias y genéricas del cuerpo. Después, fui refinando la concentración y tuve, a veces, la sensación de que estaba meditando, aunque solo estuviera realizando una relajación de nivel profundo. Descendí esa práctica al nivel celular, ya que no podía, no sabía o no quería abordar la fase de meditación. Tras un tiempo indeterminado dedicado a recorrer el cuerpo desde la coronilla hacia abajo, llegué a concentrarme en las células de los tobillos, las del talón, las de las plantas de los pies, las del empeine, las de los dedos de los pies, el dedo gordo del pie derecho, el segundo dedo...
Cuando terminé y volví en mí, abriendo los ojos, ya había amanecido. No estaba seguro de haber meditado, pero sí de haber llegado a fases intermedias. Tocaba una buena  dosis de kinin. ¿Cuánto tardaría en recorrer los 24 metros, los había medido, del perímetro del salón, caminando a una velocidad que a alguien que me contemplase le parecería que me encontraba en un estado de inmovilidad absoluta?
No tuve ocasión de saberlo, de momento. La última cena en la cafetería me urgía a deshacerme del pis, que no me había molestado durante el ejercicio pero me apremiaba desde que abrí los ojos. Apoyándome en la pared, porque las piernas no me sostenían bien, fui al baño y oriné más de un litro de un pis muy oscuro. Al deshacerme de él me sentí física y mentalmente purificado. Bebí la botella de te que estaba fuera de la nevera y saqué otra para la siguiente ocasión. Miré un reloj de pared para controlar el tiempo del kinin que iba a hacer. Empecé el recorrido de meditación caminando. Al terminar, miré el reloj: 50 minutos para los 24 metros. Volví al baño, oriné el té, que ahora no tenía olor, pero sí un color clarísimo. Bebí otra botella de té. Fue un error de principiante que más tarde me pareció absurdo, porque aunque llevara unos 15 años sin meditar, yo no era un principiante. Fui al zafu y me senté en él de nuevo.

Inicié la segunda meditación y todas las señales me indicaban que ahora sí estaba meditando... hasta que dejé de percibir esas señales: es ahí cuando empieza la meditación, en la pérdida de conciencia de que lo estás haciendo. Trataba de mantener una absoluta rectitud en la espalda. Con la inspiración y la espiración, la rectitud se descomponía y tenía que rehacerla. Era lo único a lo que prestaba atención: inspirar y espirar suavemente, lo que deshacía la rectitud de la espalda y me obligaba a concentrarme en recomponerla. No existía nada más. Solo había que esperar que esos procesos pasaran a ser inconscientes para que se produjera, en un no lugar y un no tiempo, la meditación.
Cuando volví a abrir los ojos, dando por finalizado el período meditativo, en esa misma fracción de segundo sentí como si una máquina clavara miles de agujas en las piernas. El dolor era insoportable e hizo que me inclinará hacia un lado, cayendo sobre el brazo izquierdo mientras las piernas deshacían el cruzamiento. Por el color de la tarde tras las ventanas semicerradas, estaba anocheciendo. ¿Dónde estaba ese dolor mientras meditaba?, me pregunté. ¿Dónde estaba ese no dolor? Luego, caído sobre el costado izquierdo, sentí un deseo invencible de orinar. Era incapaz de levantarme. En estas meditaciones largas y continuadas que había hecho en la montaña con varios compañeros, esto pasaba a veces. No es lo mismo una meditación que no llega a dos horas que otra que encadena varias meditaciones de muchas horas cada una. En la montaña, caído sobre un costado, varias veces oriné sobre la hierba. Pero en el salón no la había. En la parte baja de una librería vi un montón de antiguos suplementos literarios de un periódico. Cogí unos cuantos y oriné sobre ellos. ¿Dónde había estado el deseo incapacitante de orinar, o el no deseo de hacerlo, durante la meditación?

Incapaz de moverme, tumbado sobre el costado izquierdo, inicié otro período de meditación. No era fácil hacerlo en esa posición tan poco ortodoxa, tumbado de lado, pero contaba con la energía y la fuerza de haber estado meditando casi una noche y un día enteros. Cuando unas tres horas después abrí los ojos, me sorprendió que estuviera sentado correctamente sobre el zafu. Los movimientos necesarios se habían producido sin que fuera consciente de ellos. El dolor súbito e intratable en las piernas, desaparecido durante ese proceso, me volvió a atacar al abrir de nuevo los ojos. ¿Dónde había estado el dolor mientras meditaba pacíficamente? En esa pregunta había consistido para mí, muchas veces, la prueba de que no estaba en donde aparentemente estaba. Claro que eso sucedía cuando ya había dejado de meditar. La meditación parecía un no lugar y un no tiempo sobre los que solo podía preguntarme cuando ya no estaba meditando.
Seguí meditando sentado y haciendo kinin hasta completar casi tres días seguidos. Por supuesto, había dejado de beber te. Un error de novato, pues no me iba a deshidratar y los efectos del exceso de líquido en el cuerpo eran indeseables.
Había roto la barrera y vuelto a la meditación por el camino más loco y desbocado. Habría debido retomarla de una manera equilibrada, la única que le da sentido, pero eso habría significado un larguísimo acercamiento gradual, para el que no estaba preparado. Posiblemente, de haberlo hecho así habría abandonado. La propensión de mi carácter a las actitudes extremas era tan propia de mí como el color de los ojos. O contaba con ello o la inutilidad se adueñaba de mí. Lo hice a mi modo y lo conseguí. Había meditado después de tantos años.


Después de la meditación

Lo primero que sentí fue el deseo de fumar.

No es extraño, porque mis primeras informaciones sobre el zen procedían de personajes de la Beat Generation que practicaban la meditación, pero luego eran unos borrachos o todavía peor, y al saltar de ahí a historias de monjes zen, descubrí que unos son absolutamente austeros y otros, los menos, son borrachines, pero conviven todos perfectamente. Ahí, en esa sorpresa, el zen me atrapó cuando era muy joven, y me convertí en meditador y fumador.
Lo primero que hice fue buscar un cigarrillo entre todas las cosas que se había dejado ella. Lo encontré enseguida, se había dejado paquetes sin terminar en casi todos los bolsos y bolsillos de sus chaquetas habituales. Me quité la bata, me asomé de cintura para arriba a una ventana, encendí el cigarrillo y lo disfruté con un placer brutal, viendo caer la tarde con una sensación de tranquilidad absoluta, capacitado para ver la desaparición de los grados de la luz diurna en períodos de pocos segundos. Me encontraba en el lado diametralmente opuesto a la tormenta perfecta.
Después me quité la bata, sin echarla a la ropa sucia porque pensaba seguir usándola, me duché y me vestí. Me sentía hambriento, así que cogí medio paquete de un bolsillo de ella, junto con un mechero de color naranja, y me fui a un restaurante vegetariano del barrio. Tomé una sopa de miso, una ensalada y un plato grande de arroz integral con verduras. Había pedido una botella de vino ecológico de la que me tomé la mitad. Satisfecho, regresé a casa dando un rodeo tan largo que recorrí casi un tercio de la ciudad. Durante la cena decidí que no estaba preparado para volver al dojo, pero que meditaría dos horas cada mañana hasta que lo estuviera. Una meditación tranquila y equilibrada que me ayudara a llevar una vida tranquila y estable. Dedicaría horarios razonables a hacer lo que me apetecía, por ejemplo seguir con los cursos de sintaxis y la narrativa norteamericana: se acabó el meterme de lleno en el estudio o la lectura hasta que era física y psíquicamente incapaz de seguir y lo único que podía hacer era levantarme e ir, tambaleándome, a beber agua ala cocina.

El regreso de la compasión y la comprensión del otro.
También me planteé, durante el paseo, el motivo por el que precisamente volvía ahora a esa situación. De haber seguido siendo como quería volver a ser, ella y yo habríamos mantenido una relación feliz. Me volví loco, me dije, porque quería expulsarla a ella de mi vida. Seguí interrogándome, ahora que me sentía capaz de hacerlo ordenadamente, acerca de ese desbocamiento que tuvo, tal como lo veía ahora, un objetivo: expulsarla a ella de mi vida haciendo que pareciera que era ella la que me había abandonadp por voluntad propia. Qué ruin fui, ¿no? Casi empecé a sentir una punzada de arrepentimiento. Cuánto esfuerzo para que fuera ella la que se marchara, la que pareciera la culpable, ya que yo me había limitado a seguir siendo el enloquecido en el que me había convertido. Sin esta nueva visibilidad tranquila, en caso de vernos, siempre podría preguntarle: ¿Por qué tardaste tanto en irte, si ya no sentías nada por mí, salvo un desprecio creciente? No podía defenderse de esa pregunta, que caería sobre ella como una lluvia de culpa.
Esos pensamientos, en los que la culpa llovía ahora sobre mí, me entristecieron, así que me esforcé por no seguir pensando en ello. Mi conducta de pasivo agresivo la había ido minando a ella y justificaba que se hubiera llevado todo el dinero. Sentí pena por quien en un principio me había dado una vida tan hermosa. ¿Tendría ella alguna probabilidad de ser la culpable de mi enloquecimiento? Probablemente influyó, pero yo, ¿no la tendría también por haber elegido el camino de destruirla a ella y nuestra relación? Con toda seguridad.

Ah, qué buenas semanas o meses me esperaban dedicados al análisis tranquilo y compasivo, para con los demás pero sobre todo para conmigo mismo, de lo que había sido mi vida; al estudio y la lectura controlados; a los paseos que fortalecerían mi cuerpo repugnantemente ablandado.
Decidí vender la casa y comprar un pequeño apartamento en un barrio de las afueras. Decidí que buscaría un trabajo modesto del que pudiera vivir. Decidí no volver a pasar por el bufete. Decidí prestar atención concentrada a todo lo que el azar o la necesidad me trajera por medio de los cinco sentidos; a prestar a la misma atención al análisis de los verbos predicativos que a fregar los cacharros después de comer, al movimiento de las plantas de los pies durante los paseos, a los cambios de la luz, a los rostros y cuerpo de las personas: a lo que fuera que atrajera mi atención. Decidí, como prioridad, prepararme bien para regresar al mismo dojo de meditación que había abandonado. Como si no hubiera dejado de asistir.
Cómo había espabilado, Padrino. Pero qué largo, sinuoso, difícil y áspero había sido el camino.









viernes, 8 de julio de 2016

Actualización de Globalízate en julio de 2016


De la actualización de Julio de Globalízate, destaco dos artículos. El primero, La doctrina zombi, de Monbiot, muy necesario. Repasa la historia, estructura y realidad del Neoliberalismo como una ideología, tan útil o inútil como cualquier otra, pero ideología: una construcción intelectual, no una ley de la naturaleza. Cuando los neoliberales dicen “la economía es así”, lo que están diciendo es “la economía neoliberal es así”. Este análisis muestra que, al haber ocultado el nombre con el que actúan, quieren que pensemos que "su visión" de la economía parezca una ley más de la naturaleza. Para mí, la lectura de este análisis ha sido lo más formativo y útil que he leído últimamente.



El segundo es como un pequeño cuento biológico-ético. Un pequeño cuento como los que nos contaban o leíamos de niños y que explicaban la vida. Nuestra vida contada como la diferencia entre pertenecer a los Grandes Reptiles que desaparecieron y ahora están en vías de desaparición, los Pequeños Reptiles o los Pequeños Mamíferos. Es un texto pequeño, pero lleno de enseñanzas profundas y útiles.





Los dos textos me han ayudado a reflexionar. No sé si no será mejor interiorizarlos en lugar de usarlos para un debate. Creo que es más apropiado usarlos para la infinidad de debates a los que hacemos frente hoy en la vida. Pero no voy a quitar la posibilidad de comentar. Lo que no es tan seguro es que en este caso conteste a los comentarios. Tampoco estoy seguro de lo contrario.