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martes, 20 de febrero de 2018

Taller Bremen. Tema: Pájaros

PAJARRACOS

Al salir de la Casa de las Huertas, dejó la llave debajo de una piedra, pasó por una panadería cercana y dejó pagada, llevaba las monedas justas, una barra grande de ese pan soso levantino que tanto le gustaba, para recogerla al regreso. Con zapatillas de esparto, un meyba viejo y una camiseta, recorrió por una carretera estrecha los dos kilómetros y pico que separaban el pueblo de la playa. Cuando llegó, el Sol todavía estaba subiendo pegado al mar. Apenas había nadie. Algunos viejos con problemas de sueño que caminaban por la orilla y varios extranjeros, pocos, que habían bajado con todos los avíos de playa, no queriendo perderse nada de esos días de sol, mar y luz. No les importaba saber, porque tenían que saberlo, que con ese abuso acabarían achicharrados.
Dejó las zapatillas, la camiseta y una toalla, y se metió inmediatamente en el mar. Llegó hasta el primer banco de arena, sobre el que podías caminar con el agua por las rodillas; cuando la profundidad volvió a ser de unos metros, alcanzó el segundo, en el que el agua te llegaba casi al cuello. Descansó y se metió hacia dentro. Desde ese segundo banco, la profundidad era ya de casi diez metros y el color del mar se volvía azul oscuro. Se puso a nadar, alejándose de la playa, como si estuviera celebrando un rito que le limpiaba de algo, no sabía qué, que le estaba molestando desde hacía tiempo. Miró desde la distancia hacia la playa, que seguía casi igual de desierta, y se felicitó de que le quedara tiempo para el baño.

Al llegar a la estación a primera hora de la mañana, se sorprendió de ver a su hermano esperándole, cuando tendría que estar en la oficina. Le había avisado de su llegada y de que iría a pasar unos días en su casa, pero no pensaba que fuera a la estación del tren a recogerle.
—Te tengo que contar una cosa —me dijo nada más verme— vamos al coche.
La tarde anterior, un amigo le había informado de que me buscaban. Nada serio, pero si cualquiera de sus compañeros me veía, me detendría.
—Te hemos preparado la Casa de las Huertas, y te hemos dejado comida. Te llevo allí inmediatamente. Estarás bien. Iré a verte alguna tarde y el domingo vamos toda la familia. Haremos una paella y aperitivos. Pero no puedes bajar a la ciudad. Por precaución, si quieres ir a la playa, hazlo al amanecer. No te pude avisar porque no tienes teléfono.
—Siento los problemas que te doy. No te preocupes por mí. Estaré estupendamente y me he traído un par de libros. Si puedes, sácame un billete de regreso para el lunes por la mañana.
Cuando llegamos a la casa, en realidad una Villa, que tenía en la planta baja, la cocina y algunos cuartos pequeños, subimos a la superior, con habitaciones más grandes y un salón de 40 metros cuadrados. Hacía tiempo que habían quitado de allí la gran mesa, las sillas y todos los muebles. Tres balcones por un lado y dos al fondo lo iluminaban. Solo quedaba un sofá grande, que elegí para dormir. Mi hermano y yo buscamos una mesita y una silla, para comer y escribir, y las instalamos.

Me había llevado dos libros de Lovecraft, Los mitos de Cthulhu y otro que no recuerdo. Al volver de la playa, recogía el pan, al que le añadía sal y aceite, me hacía un cuenco de café y me tomaba ese desayuno-comida en cantidad suficiente, terminaba con un par de piezas de frutas y me tumbaba en el sofá, quedándome dormido hasta media tarde. Después paseaba por las huertas. Al anochecer, volvía a entrar, cenaba huevos fritos con patatas y después, en el sofá, tapado con un cobertor, leía.
La primera noche fue estupenda y la pasé casi  entera leyendo. Pero al anochecer de la siguiente empezó a picarme la parte exterior del antebrazo izquierdo. Estaba sonrosado. Día a día aumentaban el aspecto desagradable y el picor, pero empeoraba todavía más por la noche. Allí, recostado en el fondo de aquel salón tan grande, iluminado por un flexo, la lectura de Los Mitos empezó a asustarme. En realidad más que eso: el estado del brazo, que daba la impresión de estar deshaciéndose, se mezclaba con las historias de terror, participaba de ellas como un personaje secundario. Y por el terror no podía dormirme hasta que aparecía una luz muy ligera del amanecer.
En esos momentos habría renunciado con placer a la playa, pero los pájaros que dormían en cuatro árboles muy cercanos y piaban con estruendo me lo impedían. Tenía que volver al plan de la playa y el desayuno de pan con aceite y sal mojado en café. Luego me adormecía tumbado en el sofá y la historia del día y de la noche se repetía.
Por eso, la mañana en que me marché, en el primer autobús que iba del pueblo a la ciudad, para coger el tren a Madrid. Llené dos bolsas con piedras y las estuve tirando a los árboles, obligando a los pájaros a volar continuamente, sin concederles tregua. Deseaba mantenerlos en el aire hasta que murieran de agotamiento y cayeran al suelo, pero ninguno lo hacía. Malditos pajarracos.

8 comentarios:

  1. Lo de los pájaros me llega al alma, siempre que va a empezar la Primavera me declaran la guerra los gorriones, quieren hacer sus casas justo en el único lugar del ranchito que me incomoda, por encima justo de mi cama, entonces, cuando yo pierdo la guerra, cosa que siempre ocurre, ya estoy en sus manos y me despiertan al amanecer, es entonces cuando desearía mantenerlos en el aire, o bajo tierra, me da igual, el caso es que desaparezcan y dejen de torturarme...
    Me ha encantado este relato... :)
    Salud y abrazo

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    1. Si te sucede eso, ¡no me extraña que como elpersonaje desees poner en marcha procedimientos de destrucción pajaril!

      Pueden ser muy bucólicos... o causar molestias enormes, sobre todoal amanecer.

      Salud y abrazo, Genín

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  2. Muy sugerente tu escrito. No sé, NáN, pero yo veo a los pajarracos como la metáfora de que, aunque intentes eliminarlos o te alejes del lujar, los problemas siempre nos acompañan.
    Abrazo.

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    1. La verdad, Isabel, es que no había pensado en eso. Los pájaros del amancer son un problema para quien, agotado por la noche en vela, quiere dormir precisamente al amanecer.

      Pero tienes razón: si no es una cosa, es otra. Tenemos que vivir adaptados a los problemas.

      Un abrazote.

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  3. A mí también me ha entusiasmado el párrafo final de los pajarracos del demonio: está muy logrado. Y hay cosas estupendas, como esos "avíos de playa". Y hacía siglos que no escuchaba/leía lo del célebre e imprescindible "Meyba". Está muy bien, NáN.

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    1. Gracias, Snoid. Para mí, que soy de una ciudad mediterránea con playas para usar 10 meses al año, el Meyba fue uno de los avances tecnológicos más importantes en mi vida. Los bañadores de lanilla no se secaban nunca, joder, y picaban un montón.

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  4. Indiscutiblemente Te Alabo El Gusto " En Tu Ofrenda Hacia Levante Y Que Se "Desparrame-Tantas Justas Alabanzas, Supongo Que Debes Referirte "A Los Cuervos Que Son Como Demonios Y-Ladrones (Si Es Que Quieres Decirlo Asi Al No Tener-Buen Prefijo Hacia Ellos....A Mi, Tampoco Me Hacen Mucha Gracia, La Verdad, Debe Ser Por Lo Que Decia-Mi Abuela: Cria CUERVOS Y Te-Sacaran Los Ojos) De Joyas (Lo Que Brilla) Y-Te Desbordas "En Un Complejo'De Iniciativas, Que Si Verbos O Pronombres, Que No Bien Sabes Si-Son Pajarracos Donde "La Lectura, Por Las Escenas Nos Obligan-Atrayente, Hacia Un Precipicio En La Que Concluyes "Que Las Piedras Han Caido-Sobre La Cabeza Del "Main Personaje... El Viejo Con Un Largo "Viaje-Que Nos Lleva "A Ninguna Parte...En Fin, Ameno, Infinitas Gracias Por "El Aceite Y Sal Pero No-En El Cafe (Opuesto-La Sal Con El Azucar) Y Aun Asi Ahi Algo Que-No Ritma, Por Supuesto.

    Feliz Fin De Mes,

    Ysa,

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    1. Vaya trabajazo, Ysa, lo de escribir con tantas mayúsculas. Gracias por tus apreciaciones. Pero lo de que el café lleve azúcar y el pan con aceite lleve sal es algo tan chulo para mí que estoy dispuesto a defenderlo batiéndome en duelo contigo.

      Ma ha encantado lo de "Feliz Fin De Mes".

      Un fuerte saludo.

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