“Lo primero que hay que hacer para salir del pozo es dejar de cavar”. Proverbio chino.

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viernes, 4 de mayo de 2018

Una nota de DFW sobre la maldad ontológica de los viajes masivos

Dedicado a mi querida amiga Eva Mari, que me da mil vueltas en vitalidad y le encanta viajar, pero acaba de pasar por un quirófano y estará un tiempito sin poder hacerlo.


Adoro a David Foster Wallace hasta el punto de que me gustaría hacer con él lo que hicimos un grupo de amigos, reunidos para leer en voz alta la obra de Pedro Casariego Córdoba y El día del Watusi de Casavellas. Hasta teníamos un altarcito mexicano portátil que abríamos durante las lecturas y encendíamos una vela. No estábamos seguros de porqué, pero posiblemente era porque en esas lecturas en lugares ocultos solíamos beber mezcal.

Estoy leyendo el penúltimo libro que me quedaba por leer de él, Hablemos de langostas así que es posible que antes o después me refiera a él en un Semivago procesional.

Pero resulta que he encontrado en el libro una copia de mi manera de ser que quiero resaltar. Resulta que desde que cumplí los 30 años me convertí en enemigo acérrimo de viajar a los lugares que todo el mundo dice que hay que ir. Me pone de los nervios y me agota. Mi compañera, que viajaba la mitad del año por motivos profesionales, no lo entendía, así que llegamos a un pacto: un viaje a un país europeo cada dos años. Lo normal era que lo hiciéramos cada tres... o incluso cuatro años. Y casi siempre repetíamos Venecia.

Pues bien, me he sentido hermanado con DFW en este párrafo que os copio: una nota al pie que estaba convencido de que la Editorial iba a eliminar.

Confieso que nunca he entendido por qué tanta gente cree que para divertirse hay que ponerse chanclas y gafas de sol y arrastrarse por carreteras donde el tráfico es enloquecedor hasta lugares turísticos abarrotados y calurosos a fin de paladear un “sabor local” que por definición queda estropeado por la presencia de turistas. Esto puede ser (tal como señalan todo el tiempo mis acompañantes al festival) una simple cuestión de personalidad y de gusto intrínseco: el hecho de que no me gusten los lugares turísticos significa que no entenderá nunca su atractivo y que por tanto no soy la persona indicada para hablar del mismo (del supuesto atractivo). Pero como es casi seguro que esta nota al pie no va a sobrevivir a los recortes que la revista le hará al artículo, yo a lo mío:
Tal como yo lo veo, al alma probablemente le siente bien ser turista, aunque sea solo muy de vez en cuando. No digo que le siente bien de una forma refrescante o iluminadora, sino más bien de una forma sombría, severa, estilo “Miremos los hechos con franqueza y encontremos una forma de abordarlos”. Mi experiencia personal no me ha demostrado nunca que viajar por el país amplíe los horizontes o resulte relajante, ni que los cambios radicales de lugar y de contexto tengan un efecto saludable, sino que más bien el turismo por el país resulta radicalmente constrictivo, y humillante de la peor forma: hostil a mi fantasía de ser un verdadero individuo, de vivir de alguna forma fuera y por encima de todo. (Ahora viene la parte que mis acompañantes encuentran especialmente infeliz y repelente, una forma segura de estropear la diversión de viajar en vacaciones:) Ser un turista de masas, para mí, equivale a convertirse en un puro americano de los tiempos que corren: foráneo, ignorante, codicioso de algo que nunca se puede tener y decepcionado de una forma que nunca se puede admitir. Implica estropear, en virtud de la pura antología, la misma cosa no estropeada que uno ha ido a experimentar. Implica a exponerse uno mismo sobre lugares que en todos los sentidos menos el económico serían mejores y más reales si uno no estuviera. Implica, en las colas y en los atascos y en las transacciones sin fin, afrontar una dimensión de uno mismo que resulta tan ineludible como dolorosa: en tanto que turista, te vuelves económicamente significativo pero existencialmente aborrecible, como un insecto posado sobre algo muerto.

7 comentarios:

  1. Se puede viajar de muchas maneras, tú viajas a León y te encanta.

    Ser turista de chancla y masificación es horrible o nos lo parece a nosotros pero ¿y el que lo disfruta?

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    1. Pues el que lo disfruta, bien por él. Lo mismo, claro, para el que le gusta que le azoten.

      En realidad no me metro con los que lo disfrutan... me meto con todos los conoidos que vuelven jurando que no volerán a hacer un viaje así... cuando sé bien que lleva años haciéndolos y arrepintiendose.

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  2. Así es, al turista lo terminan aborreciendo las gentes del lugar, pero les da igual, por lo visto, yo me encierro en mi ranchito o acudo a lugares no turísticos cuando está petado de ellos, generalmente en verano por aquí, prefiero la Primavera, el Otoño o el Invierno incluso para darme un garbeo por ahí... :)
    Salud y abrazo

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    1. Tu visión es muy interesante: ¿hay derecho a que los de fuera vengan en tal número que arrasen tu vida de siempre?

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  3. Creo que estoy de acuerdo contigo en todo, aunque a pesar de eso a veces soy un turista de los que engordan la masa.
    Cerca de donde yo vivo puedes dejar de sentirte turista en aquellos lugares que por su mal clima habitual no forman parte de los circuitos. Pero aun así puedes encontrarte, como me ha pasado, con marchas cicloturistas, deportes de aventura... ruido, en general. Los Monegros, donde el cierzo se lleva las buenas intenciones.

    Un fuerte abrazo

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    1. Hay lugares a los que es casi boligatorio ir. He ido a Venecia 6 veces, la primera con 25 años. No se trata de la belleza que puedes encontrar, sino de una atmósfera que te llena de belleza.

      En el último de los viajes, cuando los cruceros que vomitan 4.000 turistas cada uno para el día, se me hizo insoportable y decidí no regresar.

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  4. Pues yo acabo de volver de uno, nos gusta ir a sitios que no conocemos, ahora ha tocado Cantabria, vamos por libre organizándolo nosotros, con una pareja de amigos que nos llevamos bien. Me gustan los viajes porque desconectas en el sentido literal, no entro en internet y móvil lo imprescindible. Me llevé un libro de DFW, "Algo supuestamente divertido...", supongo que el tuyo lo será también. Siempre nos hemos negado a ir de crucero, hasta nos querian invitar algunos familiares, y sin experimentarlo ¡coincidia tanto con este escritor!
    Como lo hago contigo en muchos aspectos, además, el viaje como otras cosas, también, se encuentra dentro de nosotros.
    Abrazos.

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