“Lo primero que hay que hacer para salir del pozo es dejar de cavar”. Proverbio chino.

NO PODEMOS RESOLVER PROBLEMAS PENSANDO COMO CUANDO LOS CREAMOS. Albert Einstein

“Si a alguien le indigna más ver un contenedor ardiendo que una persona comiendo de él, tiene que revisar sus valores”

Sobre los poderes de siempre y los emergentes: "“No nos parece mal que nos muerda un lobo, pero a todo el mundo le saca de quicio que le muerda una oveja". Ulises de Joyce, Cap. 16




lunes, 9 de junio de 2014

El trajeáo y la pandilla

Los pronósticos estaban contra él, por alcohólico, pero también es cierto que cuanto más bebía él, más comía la gorda de su mujer. Era su manera de combatir la vergüenza que le daba el comportamiento indecoroso del marido, quien a su vez intentaba ahogar en ginebra la repugnancia, espiritual al principio y física después, que ella y la vida que le obligaba a llevar le producían. Murió ella y él ganó. A la mierda la vida triste en ese barrio. A la mierda el trabajo de ejecutivo con el que pagaba lo que ella llamaba una vida decorosa. Nunca le tuvo en cuenta ese sacrificio, nunca sus días de color gris detuvieron los reproches de ella. A la mierda ella  y la vida que había llevado hasta entonces
Una empresa de subastas se llevó todos los cuadros, esculturas, muebles, antiguas vajillas, cuberterías de plata y cristalerías valiosas. Sentado en un butacón, se maravilló del ruido que hacían, el mínimo necesario; le pareció un sonido ordenado, musical. Hizo dos maletas diferenciando la de primavera-verano y la de otoño-invierno, cada una con 4 trajes grises, seis pares de zapatos negros de calidad, camisas blancas y dos sombreros negros. Las apartó, llamó a una ong para que se llevara todo lo que había quedado en casa. Esa era la condición, que se llevaran todo. Cuando solo quedaban las dos maletas, vendió los coches, volvió a la casa, que había puesto en venta, y pidió un taxi. Le llevó hasta un bajo minúsculo que había comprado con los escasos muebles del anterior propietario. Se fue a vivir a ese barrio de la periferia de la periferia porque había decidido que los suyos tenían que ser el contrario absoluto de aquellos que le habían rodeado en su vida de casado. El pisito era tan pequeño que podía encargarse él del orden y la limpieza en no más de 10 minutos. Previamente, había llevado ya una amplia colección de sus clásicos preferidos y unas bolsas grandes con dos abrigos y dos gabardinas. Pensó que no necesitaría nada más.
Se equivocó ligeramente. Empezó allí su nueva vida, donde beber no era una ofensa a la decencia y el buen gusto, sino algo que hacen los hombres de gesto triste, como el suyo. Incluso bebía algo menos, porque le desapareció la rabia mal contenida. No se podía imaginar a sí mismo sin traje gris y sombrero negro, pero las camisas y los zapatos ingleses desentonaban. Los dejó en el bar de al lado, para quien los quisiera. Entró en un chino, donde compró varias deportivas sin preocuparse por los colores chillones y varias camisetas de su medida. Ya estaba todo. Ahora empezaba a vivir.

Dando vueltas por el barrio, en círculos cada vez más grandes, fue conociendo los bares, donde bebía y si tenía hambre comía con gusto un menú del día o algún bocadillo, con un vino sencillo que le resultó placentero: del que se bebía a tragos largos, como si fuera agua, rascando la garganta. Encontró en una esquina un parque de pequeño tamaño y lo incluyó en sus paseos. Un día, al llegar al final vio en un banco a tres personas bebiendo vino de un brick: una mujer muy delgada, un hombre hosco que miraba al suelo y un gordito que parecía afable.
—Jefe, ¿nos das unas monedas para reponer el vino?
—Como sabéis dónde lo venden, comprad cuatro —respondió dándoles un billete de 20 euros—, si me admitís como compañero, claro.
El hombre hosco cogió el billete y salió zumbando.
—Siéntate con nosotros, amigo. Yo me llamo Herme, de Hermenegildo y esta es La Paca.
La Paca ensayó una sonrisa, mostrando una dentadura lamentable. Saludó y, con Herme interpuesto, le llegó a Samuel un tufo agrio. No le importó, porque sabía por la lectura de El infierno de Dante y algunas experiencias personales que el mal olor no era un tormento duradero, ya que la nariz se habitúa a él con facilidad.
—Me llamo Samuel.
—Tú te llamarás así, pero en el barrio te conocemos como El Trajeáo. Eres todo un personaje. A mí me caen bien los que no meten líos. Gente tranquila como tú. El que ha ido por el vino es Legía, porque estuvo en la legión.
Samuel invitó a fumar y lo hicieron en silencio, como si fueran buenos amigos de toda la vida. Se sintió mejor que en mucho tiempo. Antes de terminarlos, ya estaba el portador del vino.
—Me ha dado para cuatro y ha sobrado para tabaco. No te importa, ¿verdad? —dijo mientras pasaba a cada uno su brick personal. Al ver que todos estaban fumando, abrió el paquete y encendió un cigarrillo.
Bebieron, hablaron poco, se sintieron a gusto y se fueron cuando el sol dejó de calentar el banco del extremo más tranquilo de parque. Al salir, quedaron para la tarde siguiente a la misma hora. Samuel ya tenía pandilla.

Era agradable tener amigos y se aficionó al vino peleón, abandonando la ginebra, de lo que resultó una mejora de su energía y estado físico. Hablaban a poquitos, normalmente de anécdotas actuales; salvo que el vino pusiera llorón a Paca o a Legía y contaran, en una narración confusa, historias de su vida pasada. Todos escuchaban respetuosamente, sin preguntar. Samuel y Herme nunca tuvieron una llorona. Hacia las nueve se separaban. Paca y Legía hacia una residencia en la que les daban de cenar y dormir, Herme se perdía en la noche y Samuel regresaba al barrio.
Una noche, Herme le hizo una propuesta:
—¿Estás cansado?
—Nada.
—Pues vente conmigo a conocer la noche de otros sitios. Puedes dormir por la mañana. Invítame al autobús. Para que no te asustes, hoy iremos por lo que llamo el segundo círculo del centro.
Lo recorrieron casi entero, deteniéndose en varios bares en los que era conocido y bien recibido. No pagaban en ninguno y en algún momento el dueño le pasaba unos billetes, que contaba en un segundo abriéndolos en abanico, como si fueran naipes.
Tanto en los paseos pausados de uno a otro, como dentro, tomando vino, su conversación era sorprendente. Lo sabía todo de la literatura clásica, como si la hubiera vivido. También conocía historias que no estaban en la literatura y pontificaba sobre temas que afectaban a lo más profundo del carácter humano. Samuel creía flotar en un mar de sabiduría. A las seis de la mañana regresaban en un taxi que pagaba Samuel. Tenía su lógica, ya que gracias a Herme habían bebido gratis toda la noche. Estos paseos por los diversos círculos de la ciudad se repetían un día a la semana, la noche de los miércoles.
—¿Por qué te dan dinero en todos los sitios que visitamos?
—Por las mañanas, hago trapis, organizo a gente que hace cosas para los de los bares. Se mueven mercancías a buen precio.  Eso requiere estar alerta todas las mañanas, moverme.
—Entonces hay una noche que no duermes y no lo recuperas al día siguiente.
—No duermo nunca.
Esta conversación se produjo una noche que se habían quedado solos y no era miércoles. Se acostumbraron a seguir juntos cuando Paca y Legía se marchaban. Si no llovía, iban más allá del parque, sobre una repisa de tierra que daba a una pendiente de descenso. Hablaban, fumaban y bebían más vino, o se quedaban en silencio contemplando las estrellas. Samuel interrumpió el silencio.
—Me apetece recitarte un pequeño extracto de un himno homérico.
—Me encanta ese viejo mentiroso. Adelante.
—Es una descripción del dios Hermes: «de multiforme ingenio, de astutos pensamientos, ladrón, cuatrero de bueyes, jefe de los sueños, espía nocturno, guardián de las puertas, que muy pronto habría de hacer alarde de gloriosas hazañas ante los inmortales dioses».
—Ji, ji, jí. Bueno, tampoco mentía siempre. Pero, ¿por qué me cuentas eso?
—Me ha venido a la cabeza ahora que te conozco mejor.
—¿Te imaginas que eso hubiera sido posible, que Zeus encargara a Hermes llevar un mensaje velozmente y que, por el impulso, se pasara de velocidad y no solo cruzara el espacio, sino también el tiempo? Seguro que llegaría aquí, a este tiempo, que no dura más que un parpadeo de los dioses del Olimpo, que probaría el vino actual, muchísimo mejor, en su sabor y efectos, que la asquerosa ambrosía. Sería fantástico pero, claro, no puede ser verdad. Te veo inspirado, Samuel.
—Cierto, sería bonito; pero no puede ser cierto. Por eso tenemos que rellenar con fantasía los vacíos de la verdad.



22 comentarios:

  1. Gracias, he disfrutado a esa pandilla de tu relato al máximo... :)
    Eres muy bueno...
    Salud

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  2. Este cuento es....estupendo. De verdad: es estupendo.

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  3. Todos neceistamos un viaje
    a Los mares del Sur
    como Carlos Stuart Pedrell.

    Ma gutao!

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  4. Queridos GENIN, C.S. y LOQUELEO. Me animáis a creerme lo que no debo, pero os lo agradezco muchísimo.

    Besos

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  5. Pues créetelo, Nán. Me gusta mucho, cada vez escribes mejor.

    Un abrazo

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  6. A ver cascarrabias, esto está muy mal. Fatal. Engancha desde el primer párrafo. Es tan sugerente que te quedas. Es a ratos hasta poético. Ameno. Y sabes darle voz a la señora del prota, que muchos la habrían dejado como las almorranas, jodiendo pero sin hablar de ella, y me ha gustado este detalle. En síntesis, me estás haciendo leer ficción, y amiguito, eso no es hace. Requetefatal.

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  7. Tomado en serio lo que dices, JOSÉ LUIS, te respondo con un mensaje que me envió hace pocos días una miembra del taller de relatos de Lara del año pasado.

    "Pero al coso en cuestión: estoy releyendo los cuentos. He empezado por el final. Oh, qué bueno este, me digo. Me coloco una medallita. Pliiiin. Sí. Sigo leyendo y a medida que avanzo, los cuentos se deterioran, empeoran, cojean. Peor. Mal.

    Quiero decir, advierto al leer una CLARA evolución fruto del taller larino del año pasado. Un algo de conciencia. Un algo raro que trama, que pone cimiento bajo la casa poética."

    Eso, tan humilde e insuficiente, es mejorar. Pero ¿dónde está el umbral de tiempo, trabajo y diversión a partir del cuál lo escrito es válido?

    Por fin, IRE, una crítica amarga, sañuda. Claro que si consigo que "leas ficción", me pongo una medallita de la Virgen de Algo, como mi amiga.

    Besos a los dos

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  8. Creo que mejoras, como ya dice la miembra del taller del año pasado, o sea, que escribas lo que escribas hay una"solvencia" u oficio. Profesionalidad entendida así.
    Pero lo que preguntas es "¿dónde está el umbral de tiempo, trabajo y diversión a partir del cuál lo escrito es válido? ". No lo sé, solo tengo respuestas parciales. Válido para ti, entiendo. La universalidad del tema, la profundidad en la manera de tratarlo, el género escogido para hacerlo, la originalidad ... no lo sé. Siempre se puede considerar un texto como borrador hasta que decidas publicarlo en el formato "libro". El paso del tiempo ayuda a ver de manera más clara la universalidad, la originalidad, profundidad, acierto en el género.... Pero ya te digo, no lo sé. Bueno, hay algo que sé por experiencia propia: dedicar mucho trabajo, tiempo, diversión o no, a un texto, a una foto (que puede ser también un texto que leer), a una canción, a un video, a una película, a una pintura... a lo que sea de este tipo de actividades, no garantiza que sea válido, con las buenas intenciones no bastan, desgraciadamente.
    Otra manera de mirarlo, más modesta pero, a veces, la única que queda, es pensar que esos textos hablarán de nosotros cuando no estemos, y serán válidos, con mucha seguridad, para nuestros amigos y familiares, eso sí.
    Ya ves que no aclaro nada.
    Un abrazo

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  9. Me dejo algo. Creo que eres muy consciente de que lo que produces son "textos", no reflexiones sobre lo que te cuestan o no hacerlos o pensarlos, y te lo agradezco mucho, en serio. Supongo que el taller de Lara también sirve para separar una cosa de otra. Otro abrazo.

    Un abrazo

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    1. Creo que tiene mucha razón y peso en lo que dices, quizá inducido por una falta de concreción por mi parte. Cuando escribí “válido”, me refería claro está a “para otros”. Estrechando el círculo, para “desconocidos”. Pero hay otra forma de entender “válido”: para mí y, mágicamente, gracias al blog, para unas escasas decenas de lectores que terminan siendo conocidos. Me siento colmado con eso. Aunque en el fondo me pregunte si, alguna vez, tendré unos textos válidos para que merezca la pena cortar unos árboles y que 200 o 300 personas compren un libro y les “sirva de algo”.

      ¿Es algo que persigo? La ambigüedad del término “válido” da dos respuestas: 1) No. Soy feliz haciendo lo que hago, he ganado en solvencia, disfruto imaginándome, mientras paseo, la trama de un relato relacionado con el tema del taller, obsesionándome, disfruto más todavía usando esa “solvencia adquirida” para contar la historia. Por eso no debo “creerme” que escribo bien y con validez para desconocidos. Me quedaría ahí estancado. 2) Sí. Al comprobar que me voy sabiendo los trucos para contar las historias formando un artefacto que funcione, hay un deseo de alcanzar ese punto en el que sienta, claramente, que merece la pena que intente editar algo. Ese momento no ha llegado.

      Un abrazo y gracias por estas conversaciones.

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    2. Nos cruzamos, Nán. Como, hay que decirlo claramente, no tengo mucho criterio en libros, tomo los de otros, los tuyos, los de mi mujer, y también este enlace, bueno, este enlace y todo el blog, ya verás.

      http://bernardinas.blogspot.com.es/2013/10/perseverancia.html

      Un abrazo

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    3. Gracias, José Luis, una estupenda recensión. Bernardinas es uno de mis blogs de literatura preferidos, pero escribe mucho y leo un pequeño porcentaje.

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    4. No sabía que lo conocías. Leí "Stoner", hace ya unos meses, por su recomendación, pero leí "Las correcciones" , si no me equivoco, por la tuya. Me voy a clase (soy.. el profesor, ya ves).

      Un abrazo

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  10. No entró. Te puse un texto larguísimo sobre eso de hacerse pajas sobre si merece la pena el sufrimiento del creador (de arte, no Dios, se entiende), y desapareció en las tinieblas del mundo-blogger.
    A ver, seamos francos, ese tipo de pajas nos la hacemos todos los que intentamos "crear" más allá de la segunda infancia. Todos nos preguntamos si merece la pena, nos refocilamos en nuestro desgarrador tormento creativo (aunque en esto los escritores os llevais el premio, sin duda), nos torturamos por no ser tan buenos como queremos ser, nos frustramos porque a mi no me sale tan bien como a fulanito que además ni se esfuerza el cabrón, nos compadecemos de nosotros mismos porque nuestro tremendo esfuerzo pasa inadvertido en nuestra obra, y etc, etc, etc.
    Tiempo perdido. Es tiempo perdido. Siempre seremos más mediocres que lo que queremos. Siempre nos va a costar trabajo hacer las cosas. Siempre estaremos por debajo de esa imágen ideal de las p* musas.
    Puedes perder el tiempo que quieras en esas reflexiones, por supuesto. Pero el crear es sobreponerse a todo esto también. Y mucha fuerza de voluntad para seguir. Y a veces, muchas, no tener quien te oriente ni quien te elogie. Sólo tú juzgarás si te merece la pena.

    A mi me gusta lo que escribes. Yo creo que lo que escribes merece la pena.

    Lo que pienso que no merece tanto la pena, es mi opinión personal, es refocilarse demasiado en la soledad del creador.

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    1. Gracias, IRE: escribo para mí y para vosotros, así que me vale y mucho lo que dices. No quiero repetir lo que le he contestado a José Luis, que vale también para esto.

      Pero no me siento angustiado con la escritura, de verdad. Es una obsesión y un gozo constante, cuando paseo creando la historia, cuando la escribo y la corrijo poco a poco o, mejor todavía, la tiro a la papelera y la escribo de nuevo: todo es placer en sí mismo, sin proyecciones al futuro. Claro que hay momentos impertinentes, cuando tarda en salir la historia, pero es un momento de hormigueo que también me gusta. Es casi un parto sin dolor.

      Besos

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  11. Ire ha comentado esto, pero no se ha subido:

    Casi, casi sin dolor. Pero me sigue dando la impresión de que adoras tanto las palabras y la escritura que te comparas mucho con cosas que has leído y que consideras muy buenas. Que aún te falta, no confiar en lo que haces, sino cierto dejarte llevar. Tienes mucho oficio, mucho saber hacer -no como yo, que todavía estoy empezando con los óleos-, confía más en...que te puedes relajar.
    Pero igual me equivoco, sólo te cuento lo que me parece, con franqueza.
    Y, bueno, entre tú y yo, no puedo con la gente que se dedica a cacarear la angustia del escritor. Pero qué mundo hacen de tener un bloqueo...he leído algún post sobre estoi, y me dan ganas de gritarles que angustia es no tener para comer, angustia es no tener para que coman tus hijos, la angustia del escritor es el grito del niño mimado que quiere que el mundo gire en torno a sus antojos.
    Un abrazo.

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    1. No es mi caso, Ire, de verdad de la buena, lo de la angustia. Pero sí sé lo lejos que estoy de lo que quisiera conseguir. Eso solo hace que preste más atención: pura obsesión que me da de vivir (de darme de beber, ya se encargan mis camareros amigos).

      Besos

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  12. "Un mar de sabiduría" donde menos te lo esperas y cada vez más común en este deambular. Menos mal que aún queda fantasía.
    Interesante coloquio sobre la escritura. Coincido contigo que cuando más disfruto es cuando no soy yo, sino ese personaje, esa historia que me enreda. No acabo de entender ese afán por publicar y ese convertirse un blog en un anuncio del autor/a y de su libro. Como el que desea tener un objeto y lo consigue; bien, y ahora qué. Si además nadie se hace rico escribiendo con honradez. En fin, opiniones.
    Envidio, ese taller presencial con Lara, creo ya te lo he dicho alguna vez.

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  13. Supongo, ISABEL, que son los que quieren un sitio en la literatura, los que sufren. Nuestros proyectos son una pequeña pasión, que nos hace el regalo de obsesionarnos.

    El Bremen no es el taller de Lara (al que también voy). Lo fundaron Lara y Rebeca LeRumeur, pero lo dejaron y se convirtió en autogestionario, sin maestros. Mucha gente ha pasado por él y cuando unos se van, otros vienen. Tenemos 4 "virtuales", que viven muy lejos de Madrid. Si algún día te apetece, escríbeme.

    Un abrazo

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  14. Vladimir y Estragón en estado puro, esto es, en carne y hueso. ¡Y qué buen relato!
    Abrazos esta vez

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    1. Pues abrazos alegres por tu opinión, Gemma

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  15. Pues quizá no quieras hacer literatura de largo recorrido, pero yo lo que veo es un esbozo de novela. Esta historia da para muchas, muchas páginas. Seguiré leyendo lo de atrás.

    (Ya he llegado, vengo del Boomerang pasando por mi correo. Todavía no he respondido a tu comentario en La azotea... pero lo haré cuando entre.)

    Saludos

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